"El movimiento imperial no surgirá hasta que haya en el mundo un ser capaz de gobernarse a sí mismo"

martes, 4 de enero de 2011

XVIII. Vómito de acepciones e interpretaciones lingüísticas que poco tienen que ver con mi pastilla de jabón

Sentía que nadie podría entender lo que padecía en ese momento, se había puesto ya tantas máscaras que no sabía ni cómo era realmente. La frontera no debería existir, y sin embargo no conocía su propio origen.

Maldita sensación que recorría su cuerpo entero cuando no quería que sucediera pero sucedía, era el preludio de algo que, a ciencia cierta, no iba a funcionar, la anticipación de una historia que terminaría siendo, más un problema aburrido que no sabes cómo quitarte de encima, que una aventura entretenida y emocionante. Era, en definitiva, la tentación más humilde y desproporcionada que puede haber, digna de ser cochambrosa e irreal, barnizada superficialmente por una ilusión que daría paso a la apertura del cajón de las inseguridades, miedos, decepciones, posibilidades, pasiones, escarceos y rupturas. Rupturas que, al no tener que formar parte de algo importante, no serían el problema principal.

Después existiría un periodo de calma temporalmente indeterminado que sería violentamente agredido por un nuevo cambio inesperado. Así iría sumando experiencias y restando minutos. La agonía por la volatilidad del paso del tiempo dependería de su propia ansiedad y de la perspectiva frente a la situación que, dicho sea de paso, no dejaba de ser positiva, por lo que, de nuevo, el problema principal no residía en este hecho, sino más bien en algo indeterminado imposible de definir. El problema existía pero no era localizable.

Se sabía perfectamente la teoría, pero ante este conflicto de intereses, el hombre pseudo-maniquí se encontraba sin rumbo y sin medida.

Ni siquiera era capaz de ponerse enfermo de verdad. Caminaba a tientas en la noche por su oscuro piso sin ninguna intención de encender la luz. La oscuridad ocultaba sus más desesperadas agonías y sus sueños todavía por cumplir, pero sobre todo lo escondía a él mismo de lo que en realidad no se atrevía  a ser.

El termómetro pitó, mostrando sus ridículos 36ºC, justo cuando su también patética historia estuvo a punto de terminar con un tropiezo con una bolsa de basura mal colocada en un lado del pasillo. Quizás el único que estaba mal colocado era él.

Situación errónea y temporalidad confusa, eso era todo lo que le quedaba de una cita que aún no había podido quitarse de la cabeza. Ya habían pasado 5 meses y no había sido capaz de estar con nadie más. Siempre se había hecho creer a sí mismo que el amor llegaría y que hasta entonces él sería feliz con lo que tuviera, pero la realidad es que el amor era lo que le estaba haciendo infeliz. No quería plantearse la posibilidad de tener una relación seria, ni de verse a sí mismo atado a otra persona. Pese a todo esto, no paraba de interceptarse a sí mismo durante sus profundas divagaciones acerca de la posibilidad de encontrar a alguien y crear su propia historia.

Sólo era un montón de basura en forma de palabras y lo sabía.

Puso la cámara a grabar y siguió soltando todo el veneno que tenía en el cuerpo. Su boca supuraba mientras pedía de forma obvia que alguien fuera capaz de atenderlo y perdonarle todo lo que él no se sabía perdonar. Quería ponerle punto y aparte a su historia, pero no sabía por donde empezar, así que había redactado una lista que ahora le relataba a su amigo inexistente.

Sólo tres objetivos la completaban, y sólo tres ideas serían las centrales en su vida desde aquel momento.

Un tiempo después no consiguió recordar cómo había llegado a este punto reflexivo, supuso que del mismo modo del que había tropezado con la bolsa.

La mujer pseudo-gnomo no estaba enamorada de él, y ni él de ella, eso era más que obvio. No había esperado que la muchacha accediera tan fácilmente a su trato, con tintes de chantaje, y hubiera aparecido en el escaparate de la tienda donde trabajaba, con dos cafés del Starbucks y el mismo bolso que él le había devuelto varios días atrás. No habían hablado de sus vidas, ni si quiera se habían dicho los nombres, quizás fue justo eso lo que lo hizo tan especial. Le había gustado tomar café y tener sexo después. Nunca tomaba café antes de follar, siempre sucedía al revés. Años atrás había sustituido la nicotina por la cafeína y cuando conoció a esta chica de mirada sorprendente y sonrisa misteriosa no tuvo en mente la posibilidad de intimar hasta que el café ya estuvo servido y no hubo vuelta atrás. Y ahora no podría encontrarla nunca. Lo sabía, y en el fondo lo aceptaba con tranquilidad.

Era consciente de que la chica no era lo importante, sino que lo era la idea que se había construido y asentado por cuenta propia en su cabeza a raíz del encuentro. Creyó conveniente crear un punto de inflexión en su vida, hacia arriba o hacia abajo, eso daba igual porque, en su opinión, los puntos de inflexión son creados por las personas para definir distintas etapas de su vida, vida que más que cambiar se limita a experimentar un ligero, y en ocasiones pausado, avance.

Era su momento y no quería desaprovecharlo. Con este optimismo despidió a su ojo captador de expresiones, emociones, mentiras y consuelos hasta nuevo aviso, sin saber cómo ni para qué, sin tener clara la finalidad pero sabiendo con certeza que no hacía mal a nadie y que el pasado podría amargarle ahora, pero no tenía por qué afectarle más adelante. Decidió entonces darse una segunda oportunidad y entonces la casualidad, también conocida por muchos como “vida”, empezó a serle de gran ayuda a la hora de interpretar sus propios párrafos.

lunes, 20 de diciembre de 2010

XVII. la mujer que tenía frío en los pies pese a encontrar agradables los colores de su funda nórdica

Se había pasado la vida falsificando su forma de ser, falsificando sus opiniones, teniendo miedo a cualquier reacción ajena. Se había cohibido, se había mostrado tal y como era, había intentado cambiar y también quedarse estático. Todo de cara al público.

Puertas para dentro su payaso tenía la boca triste y un gris monocromo como única faceta destacable.

Hacía tiempo que había dejado de tener hambre, y en cuanto comía se llenaba. No sabía si lo que sentía era angustia o malestar, quizás las dos cosas. Luchaba contra sí mismo en busca de lograr un tiempo para estar solo y pensar. Pero no lo encontraba. Era sumamente incapaz de encontrarlo, sumamente tonto, sumamente imbécil.

Le encantaba quedarse de pie, apoyado en la encimera durante horas mientras daba vueltas a la pulsera de su muñeca, pulsera que había sido robada y regalada en bucle hasta llegar a sus manos. Disfrutaba absolutamente de su soledad, no creyó poder hacerlo nunca hasta que lo consiguió y ahora, se ahogaba de felicidad, era tan feliz que ni toser podía.

Abandonó su posición estática y de pronto sintió euforia. Toda la energía no gastada de las últimas dos horas se manifestó en forma de sobredosis de pensamientos. Cogió las llaves y salió a pasear. Ya era de noche, no conseguía adaptarse a los cambios de hora, eran difíciles de asimilar.

Conectó su casete y bajó la calle. Sus tres sudaderas lo protegían generosamente del frío, que no era tal como para llevar tantas capas, pero que hacía de esta experiencia algo realmente agradable. Llevaba puesta la capucha aunque no lloviera. El frío seco lo activó de inmediato, sintió despertar los poros de su cara, que se habían despistado por culpa de la calefacción y respiró grandes bocanadas de aire para llenar sus limpios pulmones. Echó a correr y dobló la esquina en cuanto llegó a ella. No podría volver a soportar la experiencia de cruzarse con algún vecino, por lo que tomó una calle pequeña y con salida directa al campo.

Se sentía de nuevo cohibido por sus propias sensaciones, incapaz de determinar qué era lo que le pasaba ni cuál era su opinión al respecto. Sólo era capaz de contabilizar emociones e impresiones subjetivas que necesitaban de mucha credulidad propia para ser tomadas en serio y que intentaban eclipsar la idea de que algunas cosas no podían ser dadas por hecho de forma automática ya que su historia tenía grandes grietas argumentales y narrativas.

Tras años pensando, sopesando, dándole vueltas al mismo tema, comprobando, testeando sus comportamientos, sus respuestas, sus actitudes frente a la vida, se había dado cuenta, de pronto, de que era tremendamente inestable.

Ahora no se lo podía creer. Tan claro lo vio entonces como lo dejaría de ver al día siguiente. Tan sólo un escaso momento de lucidez en su vida que corroboraba su propia caducidad. Era la certeza del que sabe, a ciencia cierta y a fe negada, que las cosas son efímeras incluso antes de comenzar a ser cosas.


El horno pitó, y Mónica Rodríguez Montesinos dejó de leer, se había quedado absorta en otro mundo. Sacó la pizza como pudo y con las tijeras la dividió en partes desiguales.

Puso su lista de música favorita en el ordenador y comenzó a devorar mientras disfrutaba de su nuevo piso. Era un cuchitril impresionante. La suciedad del baño parecía venida de fábrica, tenía suerte si encontraba un solo azulejo de la cocina que no estuviera roto o con su color original modificado. El sofá estaba lleno de agujeros, producidos probablemente por cigarrillos olvidados en manos de un gordo seboso o una yonkie anoréxica que habían perdido el conocimiento a causa del la ingesta del agua contaminada que seguramente corría por las cañerías del edificio.

Pero era lo más barato que había encontrado cerca del trabajo, no tenía tanto dinero como para despilfarrarlo en viajes de metro o autobús. Le apasionaban los paseos, su trabajo estaba a 50 minutos andando, así que era perfecto para ella. Además había conseguido la media jornada de tarde por lo que tenía tiempo suficiente para desperezarse por la mañana, tomarse un café en una cafetería muy barata que estaba a una manzana de su casa y también de ligar con el camarero.

Mientras cenaba, intentó leer un libro de arquitectura con muchas fotografías de edificios de Nueva York, que había cogido en la biblioteca más cercana a su piso, pero tras tres intentos fallidos y un casi fatídico accidente que hubiera manchado la imagen del Woolworth Building de tomate y grasa, abandonó su tarea y conectó la tele, para ponerse a ver un programa de invitados y entrevistas en el que no conocía ni al entrevistador ni al entrevistado, ni mucho menos el tema de conversación.

Se sentía externa a su propia historia, como si viera completado un año de su vida que todavía no había tenido lugar. Ya estaba cansada de almacenar sus dudas hasta olvidarlas y de evitar enfrentarse a un bloqueo mental que estaba convirtiendo sus posibilidades en su propio camino de amargura. Manzanas y limones. Se contemplaba a sí misma como ellos. Dejaba escapar un suspiro de vez en cuando, para comprobar que seguía viva. Nunca supo cómo hacer para desprender la primera lágrima pero en cuanto ejecutaba el primer crujido se asombraba con facilidad observando lo denigrante de lo ajeno y lo admirable de lo personal.

El no saber dónde estaba y carecer por completo de un destino agradable la sumían en un estado de descontrol que no encajaba con ella pero que sin embargo no alteraba su visión en la vida. La felicidad le empañaba los cristales de sus gafas y, sin saberlo, también sus planes venideros.

Terminó de cenar, apagó la televisión pero siguió mirando el aparato tres o cuatro minutos más, con los ojos observando la infinidad de su piso y con la mente en otra historia ajena a la suya propia.

Cuando volvió a ser consciente de la tangencia del mundo se incorporó, llevó los restos de pizza a la cocina y recuperó su libro. Allí mismo siguió leyendo hasta que el sueño comenzó a hacer estragos en su mandíbula y tuvo que cederle el paso a la cama.

martes, 9 de noviembre de 2010

XVI. Mi edredón no me dice que me quiere, pero tampoco que ojala estuviese muerta

Mónica Rodríguez Montesinos se abalanzaba desde lo alto de un rascacielos de la ciudad de NY. Las azoteas habían sustituido increíblemente bien a los paisajes manchegos. El batido de chocolate con pepitas a las aceitunas marca La Española, y su trabajo en una editorial a su situación como "triste parada con estudios universitarios".

Estaba soltera, pero no estaba sola, los años de soledad y autocompasión se habían quedado en su mierda de piso compartido de Barcelona. Una mierda de piso sucio, atestado de cucarachas, polvo, restos de comida y muebles inservibles.

En realidad sólo había encontrado cucarachas en su piso en contadas ocasiones, pero sabía que el bar que se encontraba justo debajo del 1º, un bar de fritanga, viejos salidos, putas de burdel y ludópatas, era el causante de todas las energías negativas que rodeaban la vivienda, y, por supuesto, también de las cucarachas. Eso y sus tres compañeros de piso: Samuel, Rodrigo y Verónica. Gentuza. Gentuza en toda regla, sacada de a saber donde.

Por desgracia no podía usar el Cucal, el Raid, el matainsectos común y mundano o el veneno de farmacia con ellos, le faltaba valor y carácter, y quizás una pequeña vena psicópata. Sus verdaderos compañeros de piso eran los gritos, las frustraciones y el sexo de una noche, casi sólo por dormir fuera de casa de vez en cuando.

En el último año se había convertido en una experta encuentrainsectos, en una entendida en laboriosas actitudes frente a la gente inepta que le rodeaba y sobretodo en una ahorradora nata.

Pero nada de eso era digno de mención, y, aunque a escala simple y lógica, el cambio que había dado era a peor, al menos ahora tenía un trabajo con el que no llegaba a casa oliendo a fritanga y tabaco, aunque claro, todavía no tenía del todo algo a lo que llamar casa.

Seguía mirando las ventanas de edificios de oficinas. Nunca se había apasionado por la ciudad de NY, ni si quiera en exceso por Norteamérica. Ver las series de televisión era suficiente para ella. No sentía ninguna curiosidad concreta, sabía que tenía millones de ideas acerca de ese lugar, pero también era consciente de que todas esas ideas eran infundadas por alguien que no era ella y en un momento que no era el suyo.

Había acabado ahí por mera casualidad y ahora amaba la ciudad, amaba las azoteas, era una loca de los tejados, una loca de las piedras, de los helipuertos, había llegado a tener algún problemilla legal, pero conseguía apañárselas para obtener sus ansiadas vistas y realizar sus amadas fotos. No trabajaba en esa editorial por casualidad, estaba segura de que habría azoteas mejores pero esa en concreto tenía algo especial.

Le gustaba la información, el yo, mi, me, conmigo.

- Que les den a todos, pensaba continuamente. La presión, el estrés, el agobio, las prisas, las ansias, las malas educaciones y las patadas en la boca nunca dadas le frustraban, le presionaban, le ahogaban y su único remedio era subir a respirar. Ya no fumaba, como venía siendo de costumbre últimamente en su círculo de personas cercanas, por lo que ahora necesitaba respirar más que nunca, el aire común y mundano se le estaba quedando corto, cada vez más.

Le gustaban las exposiciones de Arte, para ella los marcos flotaban alrededor de los cuadros, ya no tenían esa función primordial de sujetar y dar armonía, sino que ahora, de forma secundaria, lo hacían más espectacularmente que antes. Una unión, no obligatoriamente necesaria, que hacía admirar la posibilidad de ser uno solo, con el riesgo de dejar de serlo. Suponía que las cosas pierden magia cuando son para siempre. Vivía improvisando y creando profecías continuamente.

Las cosas fueron fáciles hasta que acabaron. Pero no fueron agradables, había contado, no de forma literal, los días que faltaban para acabar con todo. Pero nunca sabía cuando iba a suceder eso, por lo que contaba en vano y en suma, no en resta.

Irse había supuesto, contra todo pronóstico un desgarramiento de piel. No sabía qué coño le pasaba, no sabía por qué, ni dónde ni con quién.

Serás lo mismo mañana.
Renacerás de tus recuerdos.
Podrás huir de ti, pero en el fondo seguirás siendo la misma.

Sus miedos iban desapareciendo de su mente, y sus ahorros de sus bolsillos.

Quería saltar, hacerlo de forma positiva y lo hizo.

Oía un violín y un cencerro que le palmeaba todo el cuerpo, estaba siendo feliz, pero llevaba tanta carga negativa tras de sí que todavía no lograba saber si era una felicidad temporal o algo más estable.

Con el salto se liberó de las mierdas que llevaba encima, quedó desnuda frente al aire refrescante mientras mentalmente caía metros abajo, no tenía frío, se sentía fresca y libre. Quiso hacerlo de verdad, casi sin darse cuenta de lo que eso conllevaba, pero la lucecita de emergencia parpadeó y se quedó donde estaba, a medias repudiándose a sí misma, a medias en completa felicidad, mientras otra Mónica, alternativa e irreal, seguía planeando mientras descendía a velocidad vertiginosa las 58 plantas del edificio. Tenía todas las vidas que quisiese para practicar una y otra vez.

Entonces se desdobló, entendió más que nunca a su otro lado, a su actriz secundaria, que rodaba series y películas a escondidas y que acababa siendo otra de forma natural, tan igual a ella, sumamente idéntica. En cualquier momento conectaba la tele y veía a su querida, y desconocida, sí misma actriz secundaria y caía en la cuenta de que le había dado una libertad excesiva a esta mujer, a la que no era capaz de imitar por su cuenta.

La gente puede cambiar, las cosas pueden cambiar, lo hacen continuamente. El único requisito es desinfectarlo todo, desinfectarse de arriba abajo, desinfectarse hasta el alma, quedarse blanco, sin una célula malvada. Y después, emprender camino a lo que serán las mierdas venideras. Con alegría. Sin parsimonia. Tal y como le diría su abuela Rufina.

Comenzando este proceso, se puso de nuevo los tacones azules y, paso a paso, volvió a la puerta que daba al piso más alto de la torre. El viento todavía le azotaba la cara y el vestido cuando cerraba la puerta. Bajó los primeros 18 escalones y cogió un ascensor para llegar rápidamente al piso 13. El camino hasta su mesa lo realizó por la cuenta que le trajo.

Ahora tengo en blanco las páginas de mi vida
Todo será ponerse a rellenar...

Después de su descanso para comer, en el que no había comido nada, sólo quedaron sospechas por resolver y el creciente agobio por encontrar un hogar definitivo.

martes, 26 de octubre de 2010

XV. Planteamientos alternativos, observados desde otra esfera, que se arman y desmontan como un cubo de rubik

De haberlo sabido no se habría comido toda la tarta.

Los días ya se le estaban haciendo pesados y la diversión que tendría que estar obteniendo de meses de verano se había esfumado hace tres semanas.

Las vacaciones familiares, que habían impedido el desarrollo de su viaje personal en busca de estabilidad en su vida, habían sido finalmente canceladas por problemas totalmente ajenos al núcleo genealógico.

Ya había llamado al colegio y había explicado la situación, había pagado lo que le debía del alquiler a su casero, había trasladado todos los muebles de lujo, que el hombre de la bufanda amarilla le había regalado, al trastero del piso de su amiga de ultramar y había dejado, muy a su pesar, a Rigoberto Volador en manos de Eduardo Manzano.

Estaba harta y no quería ya más nada.

Estaba muy motivada y necesitaba un cambio de verdad.

Se encontraba haciendo un sudoku cuando una señora con incontinencia urinaria, muy poco acostumbrada a estar fuera de casa, le preguntó por los baños.

- Siga todo recto y cuando llegue a esa tienda de revistas gire a la derecha.
- Muchas gracias maja.
- No se preocupe, no hay que darlas a la ligera.

Siguió con su sudoku, rezando al dios de los impacientes que el señor que tenía justo después de ella en la cola de facturación, que no paraba de mirar el cuadernillo por encima del hombro, no le resolviera ninguno de los números que estaba mirando sin ningún tipo de disimulo.

Suspiró y volvió a suspirar, apretó su bolsa y tiro de la maleta para avanzar tres o cuatro pasos y volver a su estado estático. Todavía era de noche. Era demasiado pronto para estar haciendo nada y demasiado tarde como para seguir perdiendo el tiempo de su vida.

Había querido evitar la charla adolescente con su madre, que seguramente habría intentado obligarla, con cualquier medio que tuviera disponible, a no emprender su viaje cual rauda paloma Juan Pelotilla.

- Juan Pelotilla, susurró. Acto seguido pensó en la razón por la que ese nombre le había venido a la cabeza y fue divagando de oca en oca hasta que se convirtió en la primera de la cola y tuvo que cargar su maleta en la cinta e interactuar con la señorita de uniforme.

Una vez desaparecida su maleta y recibido su billete, sólo le tocó esperar cerca de su puerta de embarque, no sin antes experimentar otra cola en el detector de metales que, por suerte, no pitó bajo su presencia.

Sacó su portátil de su equipaje de mano y lo enchufó cerca de una columna en la que no había nadie. Se sentó en el suelo y terminó su mail tras 20 minutos pensando, escribiendo y corrigiendo errores. Sólo lo mandaría una vez hubiera llegado, pero quería tenerlo escrito de antemano, no sabía cuando volvería a tener internet, y no le apetecía buscar una cafetería o biblioteca con conexión Wi-Fi nada más llegar a su destino.

Sé cansó de escuchar de forma repetida la voz que, por los altavoces de las instalaciones, explicaba que el aeropuerto era silencioso y que por ello no se transmitían las informaciones de los vuelos de modo sonoro. Le habría dado igual. En cuanto terminó su mail conectó sus auriculares a su discman, apagó y cerró el portátil y se puso a escuchar el disco que utilizaba para las largas esperas.

De pronto volvió a sentirse mal, tanto que tuvo que ir de nuevo al baño. Era la segunda vez en ese día por lo que la mujer pseudo-gnomo rezó para que también fuera la última. Tras tirar de la cadena y lavarse de nuevo los dientes se miró al espejo. No entendía como podía notársele tan pronto.

Suspiró, esta vez con una sonrisa en la boca. Salió del baño, se dirigió al panel de información de salidas y comprobó extrañada que, por primera vez en su vida, el avión saldría a tiempo.

35 minutos después se encontraba en el avión, con la ventana a su izquierda, el cinturón abrochado y el sudoku de nuevo en sus manos, esperando ser resuelto de una vez por todas.

Finalmente, sólo supo cerrar la historia quedándose dormida nada más finalizar el despegue.

lunes, 6 de septiembre de 2010

XIV. Frustraciones internas plasmadas en paredes de gotelé

Se solía comentar, aunque en verdad nadie lo comentaba, que la mujer pseudo-gnomo era una mujer reservada e insociable, por lo que nadie intentaba socializarse con ella, exceptuando a la señora de los mil males. Pero la mujer pseudo-gnomo no era insociable, sino que era socialmente selectiva.

Pese al soberano repudio que solía tener a la gente, sobre todo a la gente desconocida y a los lugares masificados, que para ella eran la viva imagen de un corral de cerdos, en ocasiones, y sólo en ocasiones, disfrutaba hablando con gente en los ascensores. Siempre bajo dos condiciones:

I. Que los individuos fueran totalmente extraños para ella, ya que la idea de crear un vínculo no deseado con alguien a quien ya había rechazado con anterioridad no le agradaba demasiado.

II. Tener la certeza, más o menos fiable, de que no iba a volver a saber nada de esos individuos.

Cumplidos estos requisitos indispensables, la señorita Gómez de Miranda Pérez de Loyola participaba activamente en esas apasionadas conversaciones de 30 o 40 segundos. Realmente ansiaba esta sociabilidad espontánea e incierta, algo que jamás reconocería públicamente.

A veces, si al subirse al ascensor presentía que su acompañante era alguien merecedor de un breve parloteo, picaba en el piso equivocado para alargar la situación.

Para ella eran minihistorias. Amistades de 30 segundos, con un final y principio perfectamente determinado que no dejaba lugar a dudas. Sabía que tenía muy poco tiempo para mostrarse a los demás como la tipo de pseudo-gnomo que era. Odiaba hacer cosas que supusieran un gran esfuerzo, pero si las hacía las acababa. Igual que a todo hijo de vecino, le llenaba de orgullo y satisfacción cumplir sus objetivos, del mismo modo que no soportaba el hecho de dejar relaciones a medias. No quería amigos para de vez en cuando o exparejas con situación indefinida. Su única excepción tal vez era su amiga de ultramar y, por desgracia, el hombre de la bufanda amarilla, aunque en este caso no era por iniciativa propia. De esta forma, el principio y el fin quedaba de sobra marcado, y las dudas no existían, ni tampoco los problemas. En cierto modo tampoco existía profundidad en aquellas relaciones, que se definían por su simpleza, pero ella ya tenía la profundidad necesaria en su vida y no quería nadar más abajo.

La gente no era previsora, no calculaba, no pensaba. Eran idiotas conducidos por un burro todavía más tonto que ellos.

Había huelga de metro, pero parecía el puto apocalipsis de Madrid. La mujer pseudo-gnomo ansió tener un largo palo entre sus manos, en posición horizontal, para poder ir abriéndose paso mediante el arrollo masivo del populacho, pero no pudo hacerlo porque ella también pertenecía a ese sector, aún así, era vulgar y genuina, especialmente distinguida, pero igual en esencia. Mientras se imaginaba como Moisés, pero a su modo, fue dando pasitos hasta conseguir llegar a las veneradas escaleras mecánicas que le condujeron a visitar a su propio dios, el presidente de la luz, el Sol, el viento y el olor neutro.

Cuando por fin pudo salir de la estación de autobuses se acercó lo más rápido que pudo a la única calle despejada que vio, aunque suponía un leve desvío, lo prefería antes que ser aplastada por los viandantes, ya había tocado a suficientes desconocidos en lo que llevaba de día.

Paseó y observó las ventanas de los pisos, vio a una mujer en una habitación de hotel sacando su cuerpo al balcón. Contempló a un señor desayunando en un cafetería y se vio así misma reflejada en un escaparate de una tienda. Acto seguido se tuvo que poner la mano en el corazón, dejando, sin querer, caer su bolso al suelo.

Hasta donde llegaba su raciocinio los maniquíes no tenían vida propia, pero no había sido capaz de llegar a la conclusión de que era un dependiente el que se movía entre el cristal y la pared. El hombre pseudo-maniquí se rió de la mujer pseudo-gnomo. En una situación normal ella también se habría reído, pero había algo que no le dejaba hacerlo. El hombre pseudo-maniquí le resultaba extraordinariamente atractivo y su sonrisa no hacía más que tensionarle el cuerpo y la cara.

Ante esta situación tan incómoda, en la que los nervios y la razón no conseguían ponerse de acuerdo, recurrió a la mejor idea que le vino a la cabeza y echó a correr como una estúpida en la primera dirección que encontró, con la mala suerte de escoger una calle totalmente recta y sin desvíos perpendiculares donde doblar la esquina y desaparecer para siempre.

Cuando escuchó la voz de hombre pseudo-maniquí quiso meterse en un ataúd de por vida, o tener el poder de atravesar el suelo e introducirse instantáneamente en uno de los metros que tendría que estar aireando sus pies a través la rejilla que se encontraba pisando, pero claro, había huelga de metro, por lo que, ni con superpoderes, podría haber escapado de aquella situación.

Tras girarse y observar al hombre que la llamaba, entendió el motivo de ser perseguida. En una mano, el hombre pseudo-maniquí sujetaba un brazo de plástico, del cual no había podido desprenderse por las prisas de alcanzar a la pequeña mujer de cabello negro. En el otro, se hallaba su propio bolso.

Ahora sí que no tenía escapatoria, si no fuera porque este trozo de tela contenía sus llaves de casa y las tarjetas que la identificaban como ciudadana española y humana capacitada para la conducción de vehículos de la clase B, podría haberse ido de allí, pero no tuvo más opción que acercarse al hombre que le tendía su bolso con el brazo y con un gesto seco y repentino e intentar hacerse con él.

El hombre que aparentaba tener 26 años, el cual medía unos 25 cm más que ella y del cual todavía no conocía nombre alguno, levantó el brazo levemente. La mujer pseudo-gnomo habría rebuscado en su bolso la poca dignidad que le quedaba, pero al haberle sido arrebatado pegó un pequeño salto y, efectivamente, hizo el ridículo. Terminó accediendo al contrato oral y, tras 5 minutos de charla en medio de la calle, el hombre pseudo-maniquí le devolvió el bolso, con la condición de que algún día le correspondiera el favor invitándolo a un café. La mujer pseudo-gnomo no quería hacer de nuevo el ridículo por lo que, en parte motivada por este razonamiento, y en parte por la propia labia del muchacho dudó durante unos instantes.

- No puedes obligarme a ello -concluyó finalmente.
- Claro que no, pero pareces alguien de fiar, algo me dice que no eres de las que incumplen promesas.
- Yo no te he prometido nada.
- Lo has hecho, aunque sea indirectamente al aceptar este trato.
- Los chantajes no son tratos.
- Muy bien, yo seré un chantajista, pero tú entonces eres una mujer sumisa y dependiente, que no es capaz de valerse por sí misma, ni de recuperar su bolso, muy bonito por cierto, por medios lícitos y responsables.
- Bah, lo que tú digas, ni siquiera te conozco.
- Pues yo siento que te conozco desde hace mucho, pero que hasta ahora no he sabido encontrarte.

Le costó continuar con la batallita entre extraños, sentía admiración por la gente distinta, la gente especial que era capaz de comportarse de ese modo sin pensar y darle vueltas a los comportamientos establecidos por un falso ente social. Quizá sus padres fueran el principal motivo por el que ella siempre había luchado contra esos valores pero jamás había conseguido superarlos. La situación se agravaba debido a la atracción física que sentía por aquel extraño de tres brazos, atracción que no había sentido ni por el hombre de la bufanda amarilla.

- De acuerdo, como quieras, pero no te prometo nada

El hombre pseudo-maniquí sonrió de nuevo, y la mujer pseudo-gnomo sintió furia por estar tan desprotegida ante esa situación.

Finalmente se despidió como pudo, y se largó lo más rápido posible de aquella calle. Tras hacer algunas gestiones básicas en la ciudad volvió a su barrio y se acercó a un Mercadona. Una vez dentro se tomó su tiempo, ejercicio que necesitaba realizar tras experiencias intensas, para repasar la lista de cosas que necesitaba para su piso. Lo primero que hizo fue dirigirse a la zona de mascotas y coger una bolsa mediana de comida de perro, después se decantó por la comida de humanos, por lo que se acercó a la zona de hortalizas. Agarró, muy selectivamente, algunos de los más aparentemente apetitosos tomates que vio, despacio y con cuidado, intentando mantenerse ocupada para no pensar en exceso.

Una vez en la bolsa, una vez pesados, una vez resbalada y topada la mujer pseudo-gnomo con un palé lleno de naranjas, sus tomates rodaron por el suelo, el mismo sitio a donde fue a dar su cabeza.

Enseguida una reponedora se acercó a ella y la despertó de su letargo. La mujer pseudo-gnomo se levantó. Hacía años que no se sentía tan avergonzada, recordaba que la última vez había sido en una presentación de un trabajo de la universidad, en la que había escogido un tema que no existía en la guía docente y no se enteró hasta que acabó y el profesor sugirió la posibilidad de que se hubiera equivocado de clase. Entre esa situación, las risas de sus compañeros y que hablar en público hacía a la mujer pseudo-gnomo sufrir como casi nada en este mundo, el resultado fue que no apareciera por clase durante dos semanas, aunque su viaje a la sierra con su amiga de ultramar, que entonces era simplemente su amiga asecas, también influyó.

Cogió su comida de perro, y desapareció como pudo, dejando tras de sí un pasillo anaranjado. Después corrió a la primera caja que vio y pagó por la comida de su cachorro.

Una vez en casa, protegida del horrible mundo exterior, y muy segura de que iba a soñar con esa escena durante los próximos días, llegó a la conclusión de que trasnochar se había convertido en su rutina, aunque teniendo en cuenta el punto en el que se encontraba su vida, no le suponía un gran sacrificio. Se le acumulaban los pensamientos indeterminados, la bandeja de entrada de su correo electrónico se le llenaba cada día de 20 mensajes que no le aportaban ninguna utilidad, mandados por webs a las que se había suscrito anteriormente y que no consultaba nunca, participaba en diversas aplicaciones y comprobaba espacios interactivos que siempre permanecían estáticos.

El encontronazo con el hombre pseudo-maniquí había sido totalmente inesperado, y le otorgaba a su pequeña cabecita la resolución, o más bien, materialización, de muchas de las dudas y deseos que llevaban un tiempo persiguiéndola por las noches.

Mientras llevaba a cabo la tarea de acariciar a Rigoberto Volador, que se había convertido en la labor más rutinaria de sus vacaciones, introdujo su mano libre en la bolsa de comida para perros y acercó una bolita a su nariz, donde pudo comprobar que, si no fuera por pensamientos externos y ajenos al sentido común, se habría cebado a base de ellas.

Se cabreó consigo misma por seguir inconscientemente las reglas de una sociedad de la que casi nunca estaba de acuerdo, por lo que finalmente accedió a probar una. Tras la primera vino la segunda, y después la tercera. Justo cuando la mujer que se cebaba a base de helado de gofio estaba a punto de convertirse en la mujer que se cebaba a base de bolitas de comida de perro del Mercadona, llegó a una conclusión que le hizo frenar de golpe el ritmo de su empachamiento. Su día a día, se estaba convirtiendo en una lucha por encontrar un hueco de tiempo en el que sentarte en la taza del váter, y sincerarse consigo misma. La situación fetal le ayudaba a aclararse, el calor concentrado en el cuarto de baño tenía doble efecto anestesiante e inmaculado y entre una cosa y otra, conseguía salir de aquel cuarto con la mentalidad algo cambiada.

Terminó apartando la bolsa de perro y satisfaciendo sus deseos primarios gracias un tupperware de macarrones de la semana pasada, después se fue al baño y recordó su paso por la universidad, que había sido una época feliz de su vida, y que tampoco estaba tan lejos de su presente. Fueron unos años de escapismo familiar, ya que se fue de casa, aunque sus padres sólo vivían a 1 hora en transporte público de la universidad. Supuso también una época de amplitud en las relaciones personales, nunca antes se había relacionado de esa forma, siempre había sido una chica solitaria, autónoma, independiente sola: triste por dentro y sin emoción por fuera. En la universidad pasó a tener dos amigos, lo que era mucho más de lo que la mujer, en este caso universitaria, pseudo-gnomo podría haber llegado a esperar jamás, su amiga de ultramar era una de ellas, Eduardo Manzano, del que hacía dos años y tres meses que no sabía nada, el otro.

De pronto se le iluminó el rostro. Quizá necesitara hablar con Eduardo Manzano, aunque antes recordó que tenía cita con su psiquiatra por lo que se lavó las manos, cogió sus llaves de casa y se preparó para la que sería su tercera vergüenza del día.

¡Sube!
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Todos quieren ser el gato Jack