"El movimiento imperial no surgirá hasta que haya en el mundo un ser capaz de gobernarse a sí mismo"
Mostrando entradas con la etiqueta La mujer pseudo-gnomo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La mujer pseudo-gnomo. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de enero de 2011

XVIII. Vómito de acepciones e interpretaciones lingüísticas que poco tienen que ver con mi pastilla de jabón

Sentía que nadie podría entender lo que padecía en ese momento, se había puesto ya tantas máscaras que no sabía ni cómo era realmente. La frontera no debería existir, y sin embargo no conocía su propio origen.

Maldita sensación que recorría su cuerpo entero cuando no quería que sucediera pero sucedía, era el preludio de algo que, a ciencia cierta, no iba a funcionar, la anticipación de una historia que terminaría siendo, más un problema aburrido que no sabes cómo quitarte de encima, que una aventura entretenida y emocionante. Era, en definitiva, la tentación más humilde y desproporcionada que puede haber, digna de ser cochambrosa e irreal, barnizada superficialmente por una ilusión que daría paso a la apertura del cajón de las inseguridades, miedos, decepciones, posibilidades, pasiones, escarceos y rupturas. Rupturas que, al no tener que formar parte de algo importante, no serían el problema principal.

Después existiría un periodo de calma temporalmente indeterminado que sería violentamente agredido por un nuevo cambio inesperado. Así iría sumando experiencias y restando minutos. La agonía por la volatilidad del paso del tiempo dependería de su propia ansiedad y de la perspectiva frente a la situación que, dicho sea de paso, no dejaba de ser positiva, por lo que, de nuevo, el problema principal no residía en este hecho, sino más bien en algo indeterminado imposible de definir. El problema existía pero no era localizable.

Se sabía perfectamente la teoría, pero ante este conflicto de intereses, el hombre pseudo-maniquí se encontraba sin rumbo y sin medida.

Ni siquiera era capaz de ponerse enfermo de verdad. Caminaba a tientas en la noche por su oscuro piso sin ninguna intención de encender la luz. La oscuridad ocultaba sus más desesperadas agonías y sus sueños todavía por cumplir, pero sobre todo lo escondía a él mismo de lo que en realidad no se atrevía  a ser.

El termómetro pitó, mostrando sus ridículos 36ºC, justo cuando su también patética historia estuvo a punto de terminar con un tropiezo con una bolsa de basura mal colocada en un lado del pasillo. Quizás el único que estaba mal colocado era él.

Situación errónea y temporalidad confusa, eso era todo lo que le quedaba de una cita que aún no había podido quitarse de la cabeza. Ya habían pasado 5 meses y no había sido capaz de estar con nadie más. Siempre se había hecho creer a sí mismo que el amor llegaría y que hasta entonces él sería feliz con lo que tuviera, pero la realidad es que el amor era lo que le estaba haciendo infeliz. No quería plantearse la posibilidad de tener una relación seria, ni de verse a sí mismo atado a otra persona. Pese a todo esto, no paraba de interceptarse a sí mismo durante sus profundas divagaciones acerca de la posibilidad de encontrar a alguien y crear su propia historia.

Sólo era un montón de basura en forma de palabras y lo sabía.

Puso la cámara a grabar y siguió soltando todo el veneno que tenía en el cuerpo. Su boca supuraba mientras pedía de forma obvia que alguien fuera capaz de atenderlo y perdonarle todo lo que él no se sabía perdonar. Quería ponerle punto y aparte a su historia, pero no sabía por donde empezar, así que había redactado una lista que ahora le relataba a su amigo inexistente.

Sólo tres objetivos la completaban, y sólo tres ideas serían las centrales en su vida desde aquel momento.

Un tiempo después no consiguió recordar cómo había llegado a este punto reflexivo, supuso que del mismo modo del que había tropezado con la bolsa.

La mujer pseudo-gnomo no estaba enamorada de él, y ni él de ella, eso era más que obvio. No había esperado que la muchacha accediera tan fácilmente a su trato, con tintes de chantaje, y hubiera aparecido en el escaparate de la tienda donde trabajaba, con dos cafés del Starbucks y el mismo bolso que él le había devuelto varios días atrás. No habían hablado de sus vidas, ni si quiera se habían dicho los nombres, quizás fue justo eso lo que lo hizo tan especial. Le había gustado tomar café y tener sexo después. Nunca tomaba café antes de follar, siempre sucedía al revés. Años atrás había sustituido la nicotina por la cafeína y cuando conoció a esta chica de mirada sorprendente y sonrisa misteriosa no tuvo en mente la posibilidad de intimar hasta que el café ya estuvo servido y no hubo vuelta atrás. Y ahora no podría encontrarla nunca. Lo sabía, y en el fondo lo aceptaba con tranquilidad.

Era consciente de que la chica no era lo importante, sino que lo era la idea que se había construido y asentado por cuenta propia en su cabeza a raíz del encuentro. Creyó conveniente crear un punto de inflexión en su vida, hacia arriba o hacia abajo, eso daba igual porque, en su opinión, los puntos de inflexión son creados por las personas para definir distintas etapas de su vida, vida que más que cambiar se limita a experimentar un ligero, y en ocasiones pausado, avance.

Era su momento y no quería desaprovecharlo. Con este optimismo despidió a su ojo captador de expresiones, emociones, mentiras y consuelos hasta nuevo aviso, sin saber cómo ni para qué, sin tener clara la finalidad pero sabiendo con certeza que no hacía mal a nadie y que el pasado podría amargarle ahora, pero no tenía por qué afectarle más adelante. Decidió entonces darse una segunda oportunidad y entonces la casualidad, también conocida por muchos como “vida”, empezó a serle de gran ayuda a la hora de interpretar sus propios párrafos.

lunes, 20 de diciembre de 2010

XVII. la mujer que tenía frío en los pies pese a encontrar agradables los colores de su funda nórdica

Se había pasado la vida falsificando su forma de ser, falsificando sus opiniones, teniendo miedo a cualquier reacción ajena. Se había cohibido, se había mostrado tal y como era, había intentado cambiar y también quedarse estático. Todo de cara al público.

Puertas para dentro su payaso tenía la boca triste y un gris monocromo como única faceta destacable.

Hacía tiempo que había dejado de tener hambre, y en cuanto comía se llenaba. No sabía si lo que sentía era angustia o malestar, quizás las dos cosas. Luchaba contra sí mismo en busca de lograr un tiempo para estar solo y pensar. Pero no lo encontraba. Era sumamente incapaz de encontrarlo, sumamente tonto, sumamente imbécil.

Le encantaba quedarse de pie, apoyado en la encimera durante horas mientras daba vueltas a la pulsera de su muñeca, pulsera que había sido robada y regalada en bucle hasta llegar a sus manos. Disfrutaba absolutamente de su soledad, no creyó poder hacerlo nunca hasta que lo consiguió y ahora, se ahogaba de felicidad, era tan feliz que ni toser podía.

Abandonó su posición estática y de pronto sintió euforia. Toda la energía no gastada de las últimas dos horas se manifestó en forma de sobredosis de pensamientos. Cogió las llaves y salió a pasear. Ya era de noche, no conseguía adaptarse a los cambios de hora, eran difíciles de asimilar.

Conectó su casete y bajó la calle. Sus tres sudaderas lo protegían generosamente del frío, que no era tal como para llevar tantas capas, pero que hacía de esta experiencia algo realmente agradable. Llevaba puesta la capucha aunque no lloviera. El frío seco lo activó de inmediato, sintió despertar los poros de su cara, que se habían despistado por culpa de la calefacción y respiró grandes bocanadas de aire para llenar sus limpios pulmones. Echó a correr y dobló la esquina en cuanto llegó a ella. No podría volver a soportar la experiencia de cruzarse con algún vecino, por lo que tomó una calle pequeña y con salida directa al campo.

Se sentía de nuevo cohibido por sus propias sensaciones, incapaz de determinar qué era lo que le pasaba ni cuál era su opinión al respecto. Sólo era capaz de contabilizar emociones e impresiones subjetivas que necesitaban de mucha credulidad propia para ser tomadas en serio y que intentaban eclipsar la idea de que algunas cosas no podían ser dadas por hecho de forma automática ya que su historia tenía grandes grietas argumentales y narrativas.

Tras años pensando, sopesando, dándole vueltas al mismo tema, comprobando, testeando sus comportamientos, sus respuestas, sus actitudes frente a la vida, se había dado cuenta, de pronto, de que era tremendamente inestable.

Ahora no se lo podía creer. Tan claro lo vio entonces como lo dejaría de ver al día siguiente. Tan sólo un escaso momento de lucidez en su vida que corroboraba su propia caducidad. Era la certeza del que sabe, a ciencia cierta y a fe negada, que las cosas son efímeras incluso antes de comenzar a ser cosas.


El horno pitó, y Mónica Rodríguez Montesinos dejó de leer, se había quedado absorta en otro mundo. Sacó la pizza como pudo y con las tijeras la dividió en partes desiguales.

Puso su lista de música favorita en el ordenador y comenzó a devorar mientras disfrutaba de su nuevo piso. Era un cuchitril impresionante. La suciedad del baño parecía venida de fábrica, tenía suerte si encontraba un solo azulejo de la cocina que no estuviera roto o con su color original modificado. El sofá estaba lleno de agujeros, producidos probablemente por cigarrillos olvidados en manos de un gordo seboso o una yonkie anoréxica que habían perdido el conocimiento a causa del la ingesta del agua contaminada que seguramente corría por las cañerías del edificio.

Pero era lo más barato que había encontrado cerca del trabajo, no tenía tanto dinero como para despilfarrarlo en viajes de metro o autobús. Le apasionaban los paseos, su trabajo estaba a 50 minutos andando, así que era perfecto para ella. Además había conseguido la media jornada de tarde por lo que tenía tiempo suficiente para desperezarse por la mañana, tomarse un café en una cafetería muy barata que estaba a una manzana de su casa y también de ligar con el camarero.

Mientras cenaba, intentó leer un libro de arquitectura con muchas fotografías de edificios de Nueva York, que había cogido en la biblioteca más cercana a su piso, pero tras tres intentos fallidos y un casi fatídico accidente que hubiera manchado la imagen del Woolworth Building de tomate y grasa, abandonó su tarea y conectó la tele, para ponerse a ver un programa de invitados y entrevistas en el que no conocía ni al entrevistador ni al entrevistado, ni mucho menos el tema de conversación.

Se sentía externa a su propia historia, como si viera completado un año de su vida que todavía no había tenido lugar. Ya estaba cansada de almacenar sus dudas hasta olvidarlas y de evitar enfrentarse a un bloqueo mental que estaba convirtiendo sus posibilidades en su propio camino de amargura. Manzanas y limones. Se contemplaba a sí misma como ellos. Dejaba escapar un suspiro de vez en cuando, para comprobar que seguía viva. Nunca supo cómo hacer para desprender la primera lágrima pero en cuanto ejecutaba el primer crujido se asombraba con facilidad observando lo denigrante de lo ajeno y lo admirable de lo personal.

El no saber dónde estaba y carecer por completo de un destino agradable la sumían en un estado de descontrol que no encajaba con ella pero que sin embargo no alteraba su visión en la vida. La felicidad le empañaba los cristales de sus gafas y, sin saberlo, también sus planes venideros.

Terminó de cenar, apagó la televisión pero siguió mirando el aparato tres o cuatro minutos más, con los ojos observando la infinidad de su piso y con la mente en otra historia ajena a la suya propia.

Cuando volvió a ser consciente de la tangencia del mundo se incorporó, llevó los restos de pizza a la cocina y recuperó su libro. Allí mismo siguió leyendo hasta que el sueño comenzó a hacer estragos en su mandíbula y tuvo que cederle el paso a la cama.

martes, 9 de noviembre de 2010

XVI. Mi edredón no me dice que me quiere, pero tampoco que ojala estuviese muerta

Mónica Rodríguez Montesinos se abalanzaba desde lo alto de un rascacielos de la ciudad de NY. Las azoteas habían sustituido increíblemente bien a los paisajes manchegos. El batido de chocolate con pepitas a las aceitunas marca La Española, y su trabajo en una editorial a su situación como "triste parada con estudios universitarios".

Estaba soltera, pero no estaba sola, los años de soledad y autocompasión se habían quedado en su mierda de piso compartido de Barcelona. Una mierda de piso sucio, atestado de cucarachas, polvo, restos de comida y muebles inservibles.

En realidad sólo había encontrado cucarachas en su piso en contadas ocasiones, pero sabía que el bar que se encontraba justo debajo del 1º, un bar de fritanga, viejos salidos, putas de burdel y ludópatas, era el causante de todas las energías negativas que rodeaban la vivienda, y, por supuesto, también de las cucarachas. Eso y sus tres compañeros de piso: Samuel, Rodrigo y Verónica. Gentuza. Gentuza en toda regla, sacada de a saber donde.

Por desgracia no podía usar el Cucal, el Raid, el matainsectos común y mundano o el veneno de farmacia con ellos, le faltaba valor y carácter, y quizás una pequeña vena psicópata. Sus verdaderos compañeros de piso eran los gritos, las frustraciones y el sexo de una noche, casi sólo por dormir fuera de casa de vez en cuando.

En el último año se había convertido en una experta encuentrainsectos, en una entendida en laboriosas actitudes frente a la gente inepta que le rodeaba y sobretodo en una ahorradora nata.

Pero nada de eso era digno de mención, y, aunque a escala simple y lógica, el cambio que había dado era a peor, al menos ahora tenía un trabajo con el que no llegaba a casa oliendo a fritanga y tabaco, aunque claro, todavía no tenía del todo algo a lo que llamar casa.

Seguía mirando las ventanas de edificios de oficinas. Nunca se había apasionado por la ciudad de NY, ni si quiera en exceso por Norteamérica. Ver las series de televisión era suficiente para ella. No sentía ninguna curiosidad concreta, sabía que tenía millones de ideas acerca de ese lugar, pero también era consciente de que todas esas ideas eran infundadas por alguien que no era ella y en un momento que no era el suyo.

Había acabado ahí por mera casualidad y ahora amaba la ciudad, amaba las azoteas, era una loca de los tejados, una loca de las piedras, de los helipuertos, había llegado a tener algún problemilla legal, pero conseguía apañárselas para obtener sus ansiadas vistas y realizar sus amadas fotos. No trabajaba en esa editorial por casualidad, estaba segura de que habría azoteas mejores pero esa en concreto tenía algo especial.

Le gustaba la información, el yo, mi, me, conmigo.

- Que les den a todos, pensaba continuamente. La presión, el estrés, el agobio, las prisas, las ansias, las malas educaciones y las patadas en la boca nunca dadas le frustraban, le presionaban, le ahogaban y su único remedio era subir a respirar. Ya no fumaba, como venía siendo de costumbre últimamente en su círculo de personas cercanas, por lo que ahora necesitaba respirar más que nunca, el aire común y mundano se le estaba quedando corto, cada vez más.

Le gustaban las exposiciones de Arte, para ella los marcos flotaban alrededor de los cuadros, ya no tenían esa función primordial de sujetar y dar armonía, sino que ahora, de forma secundaria, lo hacían más espectacularmente que antes. Una unión, no obligatoriamente necesaria, que hacía admirar la posibilidad de ser uno solo, con el riesgo de dejar de serlo. Suponía que las cosas pierden magia cuando son para siempre. Vivía improvisando y creando profecías continuamente.

Las cosas fueron fáciles hasta que acabaron. Pero no fueron agradables, había contado, no de forma literal, los días que faltaban para acabar con todo. Pero nunca sabía cuando iba a suceder eso, por lo que contaba en vano y en suma, no en resta.

Irse había supuesto, contra todo pronóstico un desgarramiento de piel. No sabía qué coño le pasaba, no sabía por qué, ni dónde ni con quién.

Serás lo mismo mañana.
Renacerás de tus recuerdos.
Podrás huir de ti, pero en el fondo seguirás siendo la misma.

Sus miedos iban desapareciendo de su mente, y sus ahorros de sus bolsillos.

Quería saltar, hacerlo de forma positiva y lo hizo.

Oía un violín y un cencerro que le palmeaba todo el cuerpo, estaba siendo feliz, pero llevaba tanta carga negativa tras de sí que todavía no lograba saber si era una felicidad temporal o algo más estable.

Con el salto se liberó de las mierdas que llevaba encima, quedó desnuda frente al aire refrescante mientras mentalmente caía metros abajo, no tenía frío, se sentía fresca y libre. Quiso hacerlo de verdad, casi sin darse cuenta de lo que eso conllevaba, pero la lucecita de emergencia parpadeó y se quedó donde estaba, a medias repudiándose a sí misma, a medias en completa felicidad, mientras otra Mónica, alternativa e irreal, seguía planeando mientras descendía a velocidad vertiginosa las 58 plantas del edificio. Tenía todas las vidas que quisiese para practicar una y otra vez.

Entonces se desdobló, entendió más que nunca a su otro lado, a su actriz secundaria, que rodaba series y películas a escondidas y que acababa siendo otra de forma natural, tan igual a ella, sumamente idéntica. En cualquier momento conectaba la tele y veía a su querida, y desconocida, sí misma actriz secundaria y caía en la cuenta de que le había dado una libertad excesiva a esta mujer, a la que no era capaz de imitar por su cuenta.

La gente puede cambiar, las cosas pueden cambiar, lo hacen continuamente. El único requisito es desinfectarlo todo, desinfectarse de arriba abajo, desinfectarse hasta el alma, quedarse blanco, sin una célula malvada. Y después, emprender camino a lo que serán las mierdas venideras. Con alegría. Sin parsimonia. Tal y como le diría su abuela Rufina.

Comenzando este proceso, se puso de nuevo los tacones azules y, paso a paso, volvió a la puerta que daba al piso más alto de la torre. El viento todavía le azotaba la cara y el vestido cuando cerraba la puerta. Bajó los primeros 18 escalones y cogió un ascensor para llegar rápidamente al piso 13. El camino hasta su mesa lo realizó por la cuenta que le trajo.

Ahora tengo en blanco las páginas de mi vida
Todo será ponerse a rellenar...

Después de su descanso para comer, en el que no había comido nada, sólo quedaron sospechas por resolver y el creciente agobio por encontrar un hogar definitivo.

martes, 26 de octubre de 2010

XV. Planteamientos alternativos, observados desde otra esfera, que se arman y desmontan como un cubo de rubik

De haberlo sabido no se habría comido toda la tarta.

Los días ya se le estaban haciendo pesados y la diversión que tendría que estar obteniendo de meses de verano se había esfumado hace tres semanas.

Las vacaciones familiares, que habían impedido el desarrollo de su viaje personal en busca de estabilidad en su vida, habían sido finalmente canceladas por problemas totalmente ajenos al núcleo genealógico.

Ya había llamado al colegio y había explicado la situación, había pagado lo que le debía del alquiler a su casero, había trasladado todos los muebles de lujo, que el hombre de la bufanda amarilla le había regalado, al trastero del piso de su amiga de ultramar y había dejado, muy a su pesar, a Rigoberto Volador en manos de Eduardo Manzano.

Estaba harta y no quería ya más nada.

Estaba muy motivada y necesitaba un cambio de verdad.

Se encontraba haciendo un sudoku cuando una señora con incontinencia urinaria, muy poco acostumbrada a estar fuera de casa, le preguntó por los baños.

- Siga todo recto y cuando llegue a esa tienda de revistas gire a la derecha.
- Muchas gracias maja.
- No se preocupe, no hay que darlas a la ligera.

Siguió con su sudoku, rezando al dios de los impacientes que el señor que tenía justo después de ella en la cola de facturación, que no paraba de mirar el cuadernillo por encima del hombro, no le resolviera ninguno de los números que estaba mirando sin ningún tipo de disimulo.

Suspiró y volvió a suspirar, apretó su bolsa y tiro de la maleta para avanzar tres o cuatro pasos y volver a su estado estático. Todavía era de noche. Era demasiado pronto para estar haciendo nada y demasiado tarde como para seguir perdiendo el tiempo de su vida.

Había querido evitar la charla adolescente con su madre, que seguramente habría intentado obligarla, con cualquier medio que tuviera disponible, a no emprender su viaje cual rauda paloma Juan Pelotilla.

- Juan Pelotilla, susurró. Acto seguido pensó en la razón por la que ese nombre le había venido a la cabeza y fue divagando de oca en oca hasta que se convirtió en la primera de la cola y tuvo que cargar su maleta en la cinta e interactuar con la señorita de uniforme.

Una vez desaparecida su maleta y recibido su billete, sólo le tocó esperar cerca de su puerta de embarque, no sin antes experimentar otra cola en el detector de metales que, por suerte, no pitó bajo su presencia.

Sacó su portátil de su equipaje de mano y lo enchufó cerca de una columna en la que no había nadie. Se sentó en el suelo y terminó su mail tras 20 minutos pensando, escribiendo y corrigiendo errores. Sólo lo mandaría una vez hubiera llegado, pero quería tenerlo escrito de antemano, no sabía cuando volvería a tener internet, y no le apetecía buscar una cafetería o biblioteca con conexión Wi-Fi nada más llegar a su destino.

Sé cansó de escuchar de forma repetida la voz que, por los altavoces de las instalaciones, explicaba que el aeropuerto era silencioso y que por ello no se transmitían las informaciones de los vuelos de modo sonoro. Le habría dado igual. En cuanto terminó su mail conectó sus auriculares a su discman, apagó y cerró el portátil y se puso a escuchar el disco que utilizaba para las largas esperas.

De pronto volvió a sentirse mal, tanto que tuvo que ir de nuevo al baño. Era la segunda vez en ese día por lo que la mujer pseudo-gnomo rezó para que también fuera la última. Tras tirar de la cadena y lavarse de nuevo los dientes se miró al espejo. No entendía como podía notársele tan pronto.

Suspiró, esta vez con una sonrisa en la boca. Salió del baño, se dirigió al panel de información de salidas y comprobó extrañada que, por primera vez en su vida, el avión saldría a tiempo.

35 minutos después se encontraba en el avión, con la ventana a su izquierda, el cinturón abrochado y el sudoku de nuevo en sus manos, esperando ser resuelto de una vez por todas.

Finalmente, sólo supo cerrar la historia quedándose dormida nada más finalizar el despegue.

lunes, 6 de septiembre de 2010

XIV. Frustraciones internas plasmadas en paredes de gotelé

Se solía comentar, aunque en verdad nadie lo comentaba, que la mujer pseudo-gnomo era una mujer reservada e insociable, por lo que nadie intentaba socializarse con ella, exceptuando a la señora de los mil males. Pero la mujer pseudo-gnomo no era insociable, sino que era socialmente selectiva.

Pese al soberano repudio que solía tener a la gente, sobre todo a la gente desconocida y a los lugares masificados, que para ella eran la viva imagen de un corral de cerdos, en ocasiones, y sólo en ocasiones, disfrutaba hablando con gente en los ascensores. Siempre bajo dos condiciones:

I. Que los individuos fueran totalmente extraños para ella, ya que la idea de crear un vínculo no deseado con alguien a quien ya había rechazado con anterioridad no le agradaba demasiado.

II. Tener la certeza, más o menos fiable, de que no iba a volver a saber nada de esos individuos.

Cumplidos estos requisitos indispensables, la señorita Gómez de Miranda Pérez de Loyola participaba activamente en esas apasionadas conversaciones de 30 o 40 segundos. Realmente ansiaba esta sociabilidad espontánea e incierta, algo que jamás reconocería públicamente.

A veces, si al subirse al ascensor presentía que su acompañante era alguien merecedor de un breve parloteo, picaba en el piso equivocado para alargar la situación.

Para ella eran minihistorias. Amistades de 30 segundos, con un final y principio perfectamente determinado que no dejaba lugar a dudas. Sabía que tenía muy poco tiempo para mostrarse a los demás como la tipo de pseudo-gnomo que era. Odiaba hacer cosas que supusieran un gran esfuerzo, pero si las hacía las acababa. Igual que a todo hijo de vecino, le llenaba de orgullo y satisfacción cumplir sus objetivos, del mismo modo que no soportaba el hecho de dejar relaciones a medias. No quería amigos para de vez en cuando o exparejas con situación indefinida. Su única excepción tal vez era su amiga de ultramar y, por desgracia, el hombre de la bufanda amarilla, aunque en este caso no era por iniciativa propia. De esta forma, el principio y el fin quedaba de sobra marcado, y las dudas no existían, ni tampoco los problemas. En cierto modo tampoco existía profundidad en aquellas relaciones, que se definían por su simpleza, pero ella ya tenía la profundidad necesaria en su vida y no quería nadar más abajo.

La gente no era previsora, no calculaba, no pensaba. Eran idiotas conducidos por un burro todavía más tonto que ellos.

Había huelga de metro, pero parecía el puto apocalipsis de Madrid. La mujer pseudo-gnomo ansió tener un largo palo entre sus manos, en posición horizontal, para poder ir abriéndose paso mediante el arrollo masivo del populacho, pero no pudo hacerlo porque ella también pertenecía a ese sector, aún así, era vulgar y genuina, especialmente distinguida, pero igual en esencia. Mientras se imaginaba como Moisés, pero a su modo, fue dando pasitos hasta conseguir llegar a las veneradas escaleras mecánicas que le condujeron a visitar a su propio dios, el presidente de la luz, el Sol, el viento y el olor neutro.

Cuando por fin pudo salir de la estación de autobuses se acercó lo más rápido que pudo a la única calle despejada que vio, aunque suponía un leve desvío, lo prefería antes que ser aplastada por los viandantes, ya había tocado a suficientes desconocidos en lo que llevaba de día.

Paseó y observó las ventanas de los pisos, vio a una mujer en una habitación de hotel sacando su cuerpo al balcón. Contempló a un señor desayunando en un cafetería y se vio así misma reflejada en un escaparate de una tienda. Acto seguido se tuvo que poner la mano en el corazón, dejando, sin querer, caer su bolso al suelo.

Hasta donde llegaba su raciocinio los maniquíes no tenían vida propia, pero no había sido capaz de llegar a la conclusión de que era un dependiente el que se movía entre el cristal y la pared. El hombre pseudo-maniquí se rió de la mujer pseudo-gnomo. En una situación normal ella también se habría reído, pero había algo que no le dejaba hacerlo. El hombre pseudo-maniquí le resultaba extraordinariamente atractivo y su sonrisa no hacía más que tensionarle el cuerpo y la cara.

Ante esta situación tan incómoda, en la que los nervios y la razón no conseguían ponerse de acuerdo, recurrió a la mejor idea que le vino a la cabeza y echó a correr como una estúpida en la primera dirección que encontró, con la mala suerte de escoger una calle totalmente recta y sin desvíos perpendiculares donde doblar la esquina y desaparecer para siempre.

Cuando escuchó la voz de hombre pseudo-maniquí quiso meterse en un ataúd de por vida, o tener el poder de atravesar el suelo e introducirse instantáneamente en uno de los metros que tendría que estar aireando sus pies a través la rejilla que se encontraba pisando, pero claro, había huelga de metro, por lo que, ni con superpoderes, podría haber escapado de aquella situación.

Tras girarse y observar al hombre que la llamaba, entendió el motivo de ser perseguida. En una mano, el hombre pseudo-maniquí sujetaba un brazo de plástico, del cual no había podido desprenderse por las prisas de alcanzar a la pequeña mujer de cabello negro. En el otro, se hallaba su propio bolso.

Ahora sí que no tenía escapatoria, si no fuera porque este trozo de tela contenía sus llaves de casa y las tarjetas que la identificaban como ciudadana española y humana capacitada para la conducción de vehículos de la clase B, podría haberse ido de allí, pero no tuvo más opción que acercarse al hombre que le tendía su bolso con el brazo y con un gesto seco y repentino e intentar hacerse con él.

El hombre que aparentaba tener 26 años, el cual medía unos 25 cm más que ella y del cual todavía no conocía nombre alguno, levantó el brazo levemente. La mujer pseudo-gnomo habría rebuscado en su bolso la poca dignidad que le quedaba, pero al haberle sido arrebatado pegó un pequeño salto y, efectivamente, hizo el ridículo. Terminó accediendo al contrato oral y, tras 5 minutos de charla en medio de la calle, el hombre pseudo-maniquí le devolvió el bolso, con la condición de que algún día le correspondiera el favor invitándolo a un café. La mujer pseudo-gnomo no quería hacer de nuevo el ridículo por lo que, en parte motivada por este razonamiento, y en parte por la propia labia del muchacho dudó durante unos instantes.

- No puedes obligarme a ello -concluyó finalmente.
- Claro que no, pero pareces alguien de fiar, algo me dice que no eres de las que incumplen promesas.
- Yo no te he prometido nada.
- Lo has hecho, aunque sea indirectamente al aceptar este trato.
- Los chantajes no son tratos.
- Muy bien, yo seré un chantajista, pero tú entonces eres una mujer sumisa y dependiente, que no es capaz de valerse por sí misma, ni de recuperar su bolso, muy bonito por cierto, por medios lícitos y responsables.
- Bah, lo que tú digas, ni siquiera te conozco.
- Pues yo siento que te conozco desde hace mucho, pero que hasta ahora no he sabido encontrarte.

Le costó continuar con la batallita entre extraños, sentía admiración por la gente distinta, la gente especial que era capaz de comportarse de ese modo sin pensar y darle vueltas a los comportamientos establecidos por un falso ente social. Quizá sus padres fueran el principal motivo por el que ella siempre había luchado contra esos valores pero jamás había conseguido superarlos. La situación se agravaba debido a la atracción física que sentía por aquel extraño de tres brazos, atracción que no había sentido ni por el hombre de la bufanda amarilla.

- De acuerdo, como quieras, pero no te prometo nada

El hombre pseudo-maniquí sonrió de nuevo, y la mujer pseudo-gnomo sintió furia por estar tan desprotegida ante esa situación.

Finalmente se despidió como pudo, y se largó lo más rápido posible de aquella calle. Tras hacer algunas gestiones básicas en la ciudad volvió a su barrio y se acercó a un Mercadona. Una vez dentro se tomó su tiempo, ejercicio que necesitaba realizar tras experiencias intensas, para repasar la lista de cosas que necesitaba para su piso. Lo primero que hizo fue dirigirse a la zona de mascotas y coger una bolsa mediana de comida de perro, después se decantó por la comida de humanos, por lo que se acercó a la zona de hortalizas. Agarró, muy selectivamente, algunos de los más aparentemente apetitosos tomates que vio, despacio y con cuidado, intentando mantenerse ocupada para no pensar en exceso.

Una vez en la bolsa, una vez pesados, una vez resbalada y topada la mujer pseudo-gnomo con un palé lleno de naranjas, sus tomates rodaron por el suelo, el mismo sitio a donde fue a dar su cabeza.

Enseguida una reponedora se acercó a ella y la despertó de su letargo. La mujer pseudo-gnomo se levantó. Hacía años que no se sentía tan avergonzada, recordaba que la última vez había sido en una presentación de un trabajo de la universidad, en la que había escogido un tema que no existía en la guía docente y no se enteró hasta que acabó y el profesor sugirió la posibilidad de que se hubiera equivocado de clase. Entre esa situación, las risas de sus compañeros y que hablar en público hacía a la mujer pseudo-gnomo sufrir como casi nada en este mundo, el resultado fue que no apareciera por clase durante dos semanas, aunque su viaje a la sierra con su amiga de ultramar, que entonces era simplemente su amiga asecas, también influyó.

Cogió su comida de perro, y desapareció como pudo, dejando tras de sí un pasillo anaranjado. Después corrió a la primera caja que vio y pagó por la comida de su cachorro.

Una vez en casa, protegida del horrible mundo exterior, y muy segura de que iba a soñar con esa escena durante los próximos días, llegó a la conclusión de que trasnochar se había convertido en su rutina, aunque teniendo en cuenta el punto en el que se encontraba su vida, no le suponía un gran sacrificio. Se le acumulaban los pensamientos indeterminados, la bandeja de entrada de su correo electrónico se le llenaba cada día de 20 mensajes que no le aportaban ninguna utilidad, mandados por webs a las que se había suscrito anteriormente y que no consultaba nunca, participaba en diversas aplicaciones y comprobaba espacios interactivos que siempre permanecían estáticos.

El encontronazo con el hombre pseudo-maniquí había sido totalmente inesperado, y le otorgaba a su pequeña cabecita la resolución, o más bien, materialización, de muchas de las dudas y deseos que llevaban un tiempo persiguiéndola por las noches.

Mientras llevaba a cabo la tarea de acariciar a Rigoberto Volador, que se había convertido en la labor más rutinaria de sus vacaciones, introdujo su mano libre en la bolsa de comida para perros y acercó una bolita a su nariz, donde pudo comprobar que, si no fuera por pensamientos externos y ajenos al sentido común, se habría cebado a base de ellas.

Se cabreó consigo misma por seguir inconscientemente las reglas de una sociedad de la que casi nunca estaba de acuerdo, por lo que finalmente accedió a probar una. Tras la primera vino la segunda, y después la tercera. Justo cuando la mujer que se cebaba a base de helado de gofio estaba a punto de convertirse en la mujer que se cebaba a base de bolitas de comida de perro del Mercadona, llegó a una conclusión que le hizo frenar de golpe el ritmo de su empachamiento. Su día a día, se estaba convirtiendo en una lucha por encontrar un hueco de tiempo en el que sentarte en la taza del váter, y sincerarse consigo misma. La situación fetal le ayudaba a aclararse, el calor concentrado en el cuarto de baño tenía doble efecto anestesiante e inmaculado y entre una cosa y otra, conseguía salir de aquel cuarto con la mentalidad algo cambiada.

Terminó apartando la bolsa de perro y satisfaciendo sus deseos primarios gracias un tupperware de macarrones de la semana pasada, después se fue al baño y recordó su paso por la universidad, que había sido una época feliz de su vida, y que tampoco estaba tan lejos de su presente. Fueron unos años de escapismo familiar, ya que se fue de casa, aunque sus padres sólo vivían a 1 hora en transporte público de la universidad. Supuso también una época de amplitud en las relaciones personales, nunca antes se había relacionado de esa forma, siempre había sido una chica solitaria, autónoma, independiente sola: triste por dentro y sin emoción por fuera. En la universidad pasó a tener dos amigos, lo que era mucho más de lo que la mujer, en este caso universitaria, pseudo-gnomo podría haber llegado a esperar jamás, su amiga de ultramar era una de ellas, Eduardo Manzano, del que hacía dos años y tres meses que no sabía nada, el otro.

De pronto se le iluminó el rostro. Quizá necesitara hablar con Eduardo Manzano, aunque antes recordó que tenía cita con su psiquiatra por lo que se lavó las manos, cogió sus llaves de casa y se preparó para la que sería su tercera vergüenza del día.

lunes, 23 de agosto de 2010

XIII. Decisiones deliberadas bajo la sospecha de un importante complot familiar

Salió de la casa de sus padres, su antigua casa con convivencia familiar, de la cual sólo quedaban las cenas mensuales. Estaba más cabreada que de costumbre en estas situaciones. Buscó en su bolso de tela las llaves de su vieja pero molona y naranja Volkswagen y entró en su querida furgoneta, que también había sido testigo de la primera emancipación de la señorita Gómez de Miranda. En cuanto pudo aceleró. Ir rápido le calmaba, y, puesto que odiaba el tabaco y no tenía café al alcance, la velocidad era su único modo de volver a regresar a su casa y a su estado de tranquilidad relativa anterior.

Ir a 80 o 90 por las urbanizaciones residenciales de lujo e incluso llegar casi hasta volar al pasar los badenes era como dar una patada a los comentarios que su madre había hecho tan sólo 10 minutos antes, o como borrar los suyos propios, de los cuales ahora se arrepentía. Paulatinamente se fue calmando, algo que se vio reflejado en la velocidad del automóvil. Se moría de ganas de llegar a su piso y meterse en el ropero de la entrada, con Rigoberto Volador haciéndole compañía. El armario era su sitio favorito de la casa para pensar, junto con la bañera y la taza del váter. Estrecho pero confortable, pequeño, perfecto para la ocupación de una persona y con olor a suavizante, olor que ella no percibía porque era el suyo propio. Por todo ello, este era el sitio indicado para dedicarse exclusivamente a repasar los asuntos que le reconcomían las entrañas de su cerebro, hasta que le entraba hambre y se iba a la nevera a por una ensaladita.

Pero ni Rigoberto Volador, ni su ropero empotrado estaban con ella en ese momento, en el que el volante de la caravana era una extremidad más de su cuerpo. Respiró profundamente y se calmó del todo. Empezó su propia terapia analizando la situación ocurrida. Había pasado mucho tiempo organizando aquel verano, con el objetivo de recuperarse del todo de sus males, y lo debía hacer sola, como una experiencia de autosuperación y egoísmo propio. Tenía tantas cosas a medio hacer que llegaba a olvidar como las había comenzado. Con todos estos planes ya establecidos y casi asegurados surgió la noticia de que sus padres habían organizado un viaje familiar con ella y sus tres hermanos varones.

Ella indignada porque nunca atendían ni preguntaban, sino que actuaban por cuenta propia sobre su vida, como siempre habían hecho con todo el mundo. Ellos disgustados por tener una hija que no sabía apreciar los regalos.

Pese a las malas relaciones que solía tener la mujer pseudo-gnomo con sus padres, debía, y solía, participar en estos encuentros familiares. Los problemas eran básicamente debidos a diferencias sustanciales y quizás generacionales que, salvo en dos o tres ocasiones, no fueron situaciones extremas. Todo se resumiría en que, de poder, la señorita Gómez de Miranda habría cambiado muchas cosas de sus padres, sobre todo durante su niñez.

Zanjó el asunto, tendría que modificar o cancelar sus planes. Encendió la radio y se puso a cantar mientras la música sonaba casi al límite de volumen máximo. Enseguida se cansó y la apagó, quería escuchar como el coche avanzaba solitario por la carretera. Al día siguiente tendría que ir de compras, por lo que ordenó sus prioridades y las clasificó en su lista mental. Entre el cabreo y la conducción se le había quitado el sueño, que regresaría a ella en cuanto dejara el coche en la plaza de garaje del parking del piso de su amiga de ultramar y se transformaría en repudio personal cuando se despertara a las 8 y 15 dentro del ropero de la entrada de su piso.

Absorta en sus pensamientos se puso a intentar recordar la causa de los continuos enfrentamientos entre ella y sus padres. Los Gómez de Miranda no eran precisamente una familia modelo. Normalmente no discutía con los dos, sino que las circunstancias de cada momento habían llevado a que estas discusiones se produjeran siempre de forma particular con alguno de ellos. Los problemas con su padre constituyeron toda su infancia y principio de adolescencia, a su madre le tocó la adolescencia y la madurez.

El señor Rodolfo Gómez de Miranda se pasaba el día trabajando en su bufete de abogados, mientras que una jovencísima pseudo-gnomo ansiaba la llegada de las vacaciones para poder jugar con su padre y llevar a cabo sus planes de construir un fuerte y una casa del árbol en la parcela de Alicante. Durante estos años, Rosita, contratada como empleada del hogar, pero que realizaba la función de madre a efectos prácticos, se encargaba de su cuidado. Cocinaba, limpiaba, jugaba con ella y le ayudaba con los deberes del colegio, mientras que su madre se gastaba la paga semanal que su marido le cedía en el casino. Pero esto no fue siempre así, cuando la niña pseudo-gnomo fue lo suficiente mayor como para encargarse de sujetar el cubo de monedas, pudo acompañar a su madre en sus tardes de adicción. Con el cigarrillo en una mano y la palanca de la máquina tragaperras en otra, su hija contemplaba el espectáculo de luces y colores del que rutinariamente era testigo.

Tendría la musiquita de la máquina tragaperras clavada en el cerebro para el resto de su vida. Con 10 años ya ayudaba a su madre a base de darle “suerte” como mano inocente. Sentada sobre su madre tiraba de la palanca a la espera de la gran combinación. Con algo más de edad comprendió dos cosas: que las 100 partidas iniciales con las que su madre comenzaba cada tarde se convertían casi siempre en el doble o el triple, a base de transformar dinero real en monedas plateadas de casino y que con 11 años ya era fumadora pasiva.

Ese mismo año su madre se quedó embarazada de su segundo hijo, por lo que la situación dio un vuelco. La recepcionista frustrada abandonó el casino y volvió a ejercer de madre, si es que alguna vez lo había hecho, dejando a Rosita encargada únicamente de las tareas del hogar.

La mujer pseudo-gnomo tampoco olvidaría jamás el olor de las monedas del casino en sus manos tras una tarde madre-hija. Este olor se mezclaba con el de ceniza de tabaco, ya que la señora Dolores Pérez de Loyola usaba el cubo de monedas también como cenicero. Siempre el mismo casino, siempre la misma máquina, siempre la misma marca de cigarrillos. Nunca supo si su madre era una adicta o si simplemente era su forma de quitarle tensión a su frustración interna. Frustración que su hija tardó varios años en descubrir.

Con la adolescencia, las peleas pasaron al bando materno, pero no como norma absoluta. Con sus tres hermanos no existían demasiados conflictos, sus 12 años de diferencia de edad con el primero y sus más de 17 con el tercero, hacían de ella una hermana lejana, una prima segunda que no había formado parte de sus vidas, exceptuando cenas y comidas puntuales y algunas vacaciones familiares, como las que se avecinaban en ese momento.

lunes, 21 de junio de 2010

XII. Conurbaciones anacrónicas al estilo vietnamita

Una mañana más, encontrábase la mujer pseudo-gnomo metida en la cama sufriendo un absoluto estado de ensoñación, sólo perceptiblemente placentero cuando uno ya ha despertado. Así ocurrió, los golpes destructores del despertador hicieron su trabajo sin apreciable queja o resigno, como cada día.

Objeto despreciado, pero uno de los pocos que no se elijen por su apariencia. En materia de despertadores la gente no es superficial, buscan el despertador que peor suene y más ruido haga, buscan un objeto que les haga pasar una mala experiencia, la primera experiencia del día, porque saben que es mejor el remedio que la enfermedad.

Y aunque la mujer pseudo-gnomo ya estuviera enferma, y remedios pocos le quedaran, había perdido la plantita que le daba anacardos y monedas de 2 euros por partes iguales en una desastrosa visita a la tienda de jardinería, dos manzanas de distancia de su piso, por lo que debía levantarse cada día para ganarse el pan, la fruta, la leche y el alquiler.

Comenzó su rutina. Se levantó, se duchó, se secó, se encremó, se cepilló, desayunó, dio de comer a Rigoberto Volador, miró la calle por la ventana y, como cada domingo, se volvió a la cama esperando despertarse más tarde dentro de una vida con algo más sentido, como la de un jarrón decorativo.

Llegada la hora oficial de levantarse para un día no lectivo, y ya duchada y desinfectada con anterioridad, la mujer que hacía tiempo que ya no se cebaba a base de helado de gofio, redesayunó. Esta vez sentada en un taburete alto de madera, de pecho a la encimera y de cara a la ventana del patio de su bloque de pisos, y volvió a contar los 23 ladrillos horizontales que surcaban la pared de enfrente y los 12 verticales que había del piso 4 al 3.

La mujer pseudo-gnomo sabía en el fondo de sus adentros que ese espacio estaba mal aprovechado, sabía que debería tener una utilidad, más allá del listo del bajo que podía poner todas las plantitas que el resto ansiaba cuidar o de que se desprendieran las prendas del cordel, algo que, pese a la supuesta imposibilidad semántica de la lengua castellana, ocurría casi a diario.

Terminó su chocolate pero no se levantó, siguió sentada y mirando, tapada con su manta, ya que, pese a que la primavera ya había llegado hace tiempo, seguía haciendo frio por rachas, rachas que coincidían con el ánimo de la señorita Gómez de Miranda, que recordaba, sin poder evitarlo, su tan deseado exilio en Noruega, tiempo en el que fue feliz y tuvo los pies más suaves que nunca. Allí descubrió que algunos clichés eran ciertos y puedo comprobar que existían los lugares agradables en su totalidad. Pero por circunstancias de las cuales dependía, como la comida, el cobijo ante temperaturas extremadamente frías o dificultades idiomáticas, tuvo que regresar a su país natal. Pensaba volver y quería hacerlo pronto.

Dejó los restos de su redesayuno encima de la encimera, a la espera de que otra pseudo-gnomo, más sumisa y servicial, los limpiara, se acercó a su estantería de madera de ébano y agarró su última adquisición literaria: Las cenizas de los que nunca fueron dignos de aparecer en una novela, del que le quedaban dos capítulos y medio.

Cuando acabó, agarró a Rigoberto Volador y jugó con él durante 5 minutos.

Se sentó, ahora en el sofá que daba a la ventana de la calle y se puso a reflexionar sobre el libro, colocó sus cascos Roland en sus orejas mientras escuchaba el O Fortuna e imaginaba a los viandantes aproximarse hasta su muerte.

Aprovechó las interrogaciones para sacar sus propias conclusiones, leyó la información del escritor, ruso y entrado en edad. Recordó la conversación que había tenido con un intelectual ruso hace tiempo, no fue capaz de mantener esa conversación al mismo nivel, o al menos eso pensaba.

- Terminarás hablando solo, había dicho la mujer pseudo-gnomo para concluir
- Me temo que no, le contestó el señor que mentía en sus dos definiciones.

Negada para obtener ideas con alguna lógica, y puesto que el brick de leche le otorgaba un 0% de inspiración, buscó cualquier otro objeto del piso con el que poder desvanecerse durante unos minutos, evitando ante todo bajar al badulaque más cercano a por bebida. Una vez encontradas las agujas y la lana en una de las cajas de debajo de su cama, no pudo evitar retomar el vicio de años atrás. Odiaba que las relaciones sentimentales mancharan cosas que nada tenían que ver con la historia amorosa, no soportaba que ciertas canciones que antes amaba ahora le produjeran repulsión, que algunas costumbres hubieran dejado de serlo y sobre todo no soportaba que extraños de la calle, con los que la mujer pseudo-gnomo ni tenía ni quería algún tipo de relación, compartiesen perfume con sus exparejas.

Volvió al libro, odiaba a la chica de las trenzas rubias, era inocente e idiota, siempre haciendo comentarios fuera de lugar, con respuesta obvia o sin mayor relevancia que su propia existencia, la cual era mínima para el resto de la sociedad. Clotilde se llamaba, sin lugar a dudas, no hacía honor a su nombre, tan evidente era que, en su primera conversación con otro de los personajes, le cambió, amablemente, el nombre por imbécil, sin mucho éxito para entablar después una relación con ella.

Seguramente Clotilde se pasara las tardes enseñando las tetas por Internet, pero eso a ella le daba igual porque ni conocía a Clotilde ni estaba segura de que existiera. Dudaba seriamente que alguien más conociera ese libro, aunque era obvio que había tenido una publicación de cierto número de ejemplares. Lo colocó en su sección de libros especiales, justo al lado de los que tal vez releería algún día.

Se acercó a la puerta de su piso, se sentó en el suelo frente a ella, agarró la manta del sofá, se la colocó en la espalda, llamó a Rigoberto Volador, y se puso a acariciarlo hasta que se quedó dormido.

Calor y amor era todo lo que necesitaba para el inicio de sus vacaciones.

miércoles, 12 de mayo de 2010

XI. El pendulo de la amoxicilina se acerca inescrutablemente a tu vida

La diarrea se estaba convirtiendo en una pesadez considerable, no llegaba al sofá cuando ya se cagaba de nuevo. Cabreada volvió al cuarto de baño. No había luz que iluminara la pequeña habitación, tampoco hacía falta. La mujer pseudo-gnomo se sentó en la taza depositando una nalga en el hueco del váter y otra en el borde del lado izquierdo de la tapa, era la posición perfecta para que la mujer que se cebaba a base de helado de gofio se cagara en la puta.

En ese momento, sonó su teléfono. Entre la pérdida de equilibrio que acababa de controlar y el sonido alertador del teléfono, la mujer pseudo-gnomo se mordió el labio y apretó los dedos de sus manos, mientras se levantaba, bragas abajo, con el objetivo de emprender, rápida y veloz, su carrera hasta el teléfono fijo (y azul) situado en su salón.

- ¿Sí?

- Hola, ¿es el piso de Sara?

- No, te has equivocado

- ¡Ay!, perdona

Colgó lo más fuerte que pudo, intentando que la onda expansiva alcanzara el tímpano de la zorra, con falsa voz inocente, que le acababa de molestar, queriendo provocar a la susodicha una visita de urgencia al ambulatorio de su pueblo.

Aún con las bragas abajo y ganas de sentarse, correctamente, en su amada taza blanca del señor Roca, se dirigió al baño, a cortas zancadas para evitar romper el tejido de su culero, tal y como lo llamaba su abuela, donde pudo desarrollar al fin su tarea.

Tranquila y sosegada, deseó volver a su época de vodka en mano, al menos así podría olvidar sus penas. Pero no estaba dispuesta a ello, así que se puso a jugar con su, ya real, perro, al que al final había llamado Rigoberto Volador en honor a un joven dragón escupefuego que formaba parte de la consumación de su adolescencia.

Con Rigoberto I había viajado miles de kilómetros de forma casi rutinaria, cada día llegaba a clase justa de hora, pero puntual. Rigoberto sabía cómo aprovechar las corrientes de aire y evitar a los estúpidos e insignificantes pajarracos que se interponían en su camino.

Imponente, grandiosa y con suma habilidad, saltaba la adolescente pseudo-gnomo de su amado dragón al suelo de su instituto, premiándole con galletitas con forma de monigote. En caso de mirada extraña o intransigente de algún idiota indeseable, lanzaba la corta y directa señal a su gran y único amigo, y el fuego alcanzaba rápidamente los pies del individuo, en forma de susto impactante y de sabia lección.

Tras darle unas palmaditas entre las orejas y rascarle un poco la panza, agarraba su mochila y se despedía con un beso en el hocico. El joven dragón emitía un rugido de tristeza y pena y ponía ojitos a su dueña, que le recordaba que a las dos debía estar de vuelta para recogerla y que le daba permiso para cazar ratones por el campo y escupir fuego a señoras desagradables, zorras ricachonas, pijas insoportables, trepas maleducadas y a todos sus derivados posibles.

Rigoberto I era enorme, azul y volaba. Rigoberto Volador era pequeñito, negro y corría, pero al menos no ladraba.

De momento, y hasta que viviera en su mansión de 3500 metros cuadrados, se conformaba con su discreta mascota, pero se prometió a sí misma recuperar a Rigoberto y a su numerosa camada y hacerse responsable de su absoluta felicidad.

viernes, 7 de mayo de 2010

X. La nebulosa Psicosomática

Bajo una fuerte e inadvertible modorra, la mujer pseudo-gnomo se había quedado dormida. Por encima de ella, un chicle rosa pegado en la parte oculta de su mesa de salón, por debajo, la alfombra.

- ¿Quién coño ha pegado un puto chicle en mi mesa?

Medio estúpida, en parte por el sueño que acababa de tener, en parte por méritos propios, salió como pudo de su escondite, único lugar posible en toda la casa que había encontrado para pensar, justo dos horas antes de despertarse.

Miró el reloj y suspiró, siempre lo dejaba todo para el último momento.

Cuando la mujer pseudo-gnomo abrió su gran carpeta roja y buscó el apartado de evaluaciones de 3º no pudo creer lo que vio. Otra pseudo-gnomo ajena a ella había hecho su trabajo. Se sintió orgullosa y decepcionada a la vez. No era propio en su persona hacer las cosas con previsión y organización, y, en parte, se acababa de defraudar a sí misma. La mujer pseudo-gnomo sería vaga, pero no gilipollas. En sentimiento defraudante desapareció cuando se sintió más aliviada que después de parir a su segundo hijo, Michael.

Es broma, la mujer pseudo-gnomo no tenía hijos.

¿Cómo no había recordado que, meses atrás, un día especialmente estresante, después de clase, cuando los niños ya se habían ido, le entró la imperiosa necesidad (cómo no) de realizar la evaluación general, justo después de una charla muy motivante con su amiga de ultramar?

Consideró imprescindible adelantar la cita con su amiga y cogió el teléfono.

A los cinco minutos colgó y se empezó a preparar para salir de casa.

Y pensar que había estado a punto de trabajar en vano…, eso sí que habría sido motivo de una depresión para la señorita Gómez de Miranda y no la insistencia de su casero por los retrasos e impagos del alquiler o la presión familiar que tenía cada martes a las 10:15 pm, cuando recibía la llamada de su madre, que tenía un don singular para que el teléfono le calentase la oreja de una manera sobrecogedora, tanto que tenía que ir cambiando de oído cada cinco minutos.

Las conversaciones, por no llamarlas monólogos, constituían un tiempo absolutamente perdido de su vida, pese a que dejara el manos libres encendido y se dedicara a no escuchar mientras limpiaba el polvo o hacía la cena, en el fondo estaba amargada, y sólo interrumpía a su progenitora para decir ¿ah sí?, claro o ya veo.

Despertó, está vez de la profundidad de sus pensamientos, y se fue a la ducha. Si su cuarto de baño tuviese ventana habría admirado lo bonito de la tarde del domingo, pero daba igual, cualquier día es bonito cuando se está encerrado en casa por voluntad y vicio propio, con o sin ventanas.

15 minutos después sonaba el timbre y la pseudo-gnomo abría a su amiga.

- Te veo muy contenta, dijo su amiga como saludo, tras dos meses sin verse. ¡Qué bien!, entonces podremos hablar de cómo estás y que tal llevas eso.

- Mmm, no, casi que no.

- No puedes seguir evitando hablar del tema, porque es evidente que no lo has superado, si ni quiera eres capaz de hablar contigo misma. Deberías preocuparte un poco más por todo lo que te está pasando.

- La única preocupación que quiero tener ahora mismo es la de que no se me duerma la mano cuando me echo la siesta, concluyó la mujer pseudo-gnomo.

Tras dirigirse a su armario, y ponerse una chaqueta, cogió la correa de su perro Rigoberto y se agachó para hablar con él.

- ¿Quién es el perro más guapo?, ¿eh?, ¿quién quiere salir a dar un paseo?, ¿quién no molesta con preguntas de mierda?

- Eres ridícula hablando con un perro que todavía no tienes.

- ¿Acaso no vamos a comprarlo?, pues ya está, lo mismo me da que ciento volando.

Cerró la puerta y se guardó las llaves. Al bajar el primer peldaño de las escaleras protagonizó un amago de tropiezo, salvado rápidamente por su siempre alerta y anticipadora amiga de ultramar, que evitó una patética y ridícula caída.

Una vez recuperado el equilibrio y la dignidad, la mujer pseudo-gnomo continuó su camino mientras se daba cuenta de que el chicle también lo había pegado ella.

Empezaba a tener capítulos de amnesia voluntaria.

jueves, 15 de abril de 2010

IX. Desafíos y victorias amontonados sobre la mesa de billar neozelandesa

La mujer pseudo-gnomo ya se echaba de menos a sí misma cuando, de pronto, despertó. Volvía a estar tumbada en el sofá de su piso, tapada con una manta y con la tele irradiando un desagradable espectro luminoso hacia la totalidad de su salón.

La misma sensación que se había apoderado de ella justo antes de despertar, la que le pedía que lo hiciera, que volviera a su vida real, se invertía ahora y le presionaba el cuerpo y el cráneo hacia dentro. Tenía una profunda corazonada, sospechaba que se avecinaba lo peor; lo más denigrante, a su parecer, era regresar a una vida perfectamente transparente en la que las sorpresas no existían y donde, hasta hacer algo fuera de lo común, estaba planeado de antemano. Tenía demasiado tiempo para pensar, y eso no es bueno ni para la persona más feliz del mundo. Aquella extraña sensación le intentó cerrar los ojos, le intentó aprisionar, consiguió apretar el edredón, de tal forma que  la señorita Gómez de Miranda no fuera capaz de encontrar salida posible, y le provocó un enorme bostezo como señal de lo que acontecería en breves instantes.

Pero, por primera vez en bastante tiempo, la mujer pseudo-gnomo actuó por cuenta ajena a su persona. Se desafió a sí misma, y a esa extraña y manipuladora sensación, con forma de relación sentimental no superada pese a los meses de inexistencia. Con toda la fuerza que pudo, obsequió a su edredón con una patada que la liberó, en parte, de su prisión somnoliente. Tras esto se tiró al suelo, esquivó ágilmente la pata de su mesa de salón, con el sencillo propósito de no golpearse en la cabeza y se levantó de un salto.

Triunfante y poderosa se despojó de la ropa y se dirigió al baño. Antes de meterse en la ducha examinó su cuerpo menudo en el espejo y llegó a la conclusión de que al menos existía algo que todavía no había cambiado.

Sin saber cómo ni por qué, ni si quiera después de verter por el desagüe 380 litros de agua, salió feliz y contenta del cuarto de baño, y se dirigió, mientras creaba un camino de agua a su paso, hacia su casi-vacío armario. Eligió la ropa, se secó con su toalla, y se vistió al ritmo que canturreaba una canción que sonaba ya en su equipo de música. Era natural que el ritmo de la melodía se apoderara de ella. Terminó cantando a grito pelado, subida en la mesa del salón, con un plátano como micrófono, desgañitándose ante su público de libros de cuentos e inclinándose para sacar la voz de negra que toda ganadora de concurso de música country de pubs irlandeses debe llevar en su interior.

Una vez acabado el show, y recordada la temprana hora que era, la mujer pseudo-gnomo apagó el equipo de música, se puso uno de sus largos y preciados abrigos y salió de casa, camino a su renovada rutina.

domingo, 4 de abril de 2010

VIII Aquellos nefastos consejos que jamás, y por suerte, fueron escuchados

La señorita Gómez de Miranda se despertó, no por iniciativa propia, sino por un horrible despertador que su madre le había comprado años atrás. Quiso morirse unas cuantas veces antes de apagarlo con cuidado.

Encendió la luz y cerró los ojos y los fue abriendo poco a poco mientras que con las manos se los frotaba. Todo un ritual matutino con el objetivo de no quedarse ciega.

Se levantó más despacio que deprisa y se miró en el espejo, su pijama de pollos estaba arrugado y calentito a causa del profundo sueño, en el que le hubiese gustado permanecer un par de horas más.

Su rostro lucía una inactividad absoluta. Como una autómata se dirigió a su armario y cogió ropa al azar. Tras esto abrió la puerta de la habitación y recorrió el largo pasillo hasta el baño. Media hora después estaba sentada en su escritorio, limpia, seca, con su mano en el peine, el peine en el pelo y un aroma a Listerine mentolado en la boca.

A su lado tenía un montón de papeleo y estuvo con ello una hora más o menos. Cuando por alguna extraña ocurrencia, que nadie podría determinar, miró el reloj de pared, se cabreó consigo misma de nuevo. Iba a llegar tarde otra vez, pese a levantarse con hora y media de ventaja. Guardó los papeles en su carpeta y cogió su abrigo. Atravesó corriendo el pasillo en dirección contraria a la del baño, achuchó a su gran, marrón y peludo perro y, mientras abría la puerta de la calle, gritó un adiós que, salvo por el perro, pasó totalmente desapercibido.

Tras una carrera, escapó del inmenso jardín y consiguió salir a la calle. Por poco resbala a causa de la lluvia.  La media hora peinando su cabeza había sido la peor inversión del día. Miró el reloj de su muñeca y comprobó cómo sus delgadas piernas recorrían lo más rápido que podían la distancia requerida.

Finalmente, tuvo el tiempo suficiente para doblar la esquina de la calle y ver que ya era demasiado tarde.

No había nada en el mundo que odiara más que perder el autobús del instituto.

miércoles, 24 de marzo de 2010

VII Montañas de preocupaciones al cargo de un dragón escupefuego

La señorita Gómez de Miranda se había echado a llorar. Se encontraba tirada en el suelo de su piso, como muchas otras tardes reflexivas, salvo en que en ésta, poco había que reflexionar. Se había puesto a recordar el detalle tan imprevisto y banal que había cambiado su vida y, sin darse cuenta de cómo había llegado al suelo o a ponerse a pensar sobre aquello, sintió la imperiosa necesidad de llorar todo lo que no había llorado en los últimos ocho meses.

Tenía hasta ese momento la sensación de estar seca como una magdalena, de no ser capaz de reconocerse a sí misma las sensaciones que sentía y de las que era testigo involuntario tan sólo a altas horas de la noche. No sabía si reírse, ya que la alternativa estaba siendo ejecutada en ese mismo momento.

Se llevó las manos a la cara para intentar frenar el ritmo de sus lágrimas, que se extendían sin remedio por todo su rostro, al que sentía ahora hinchado y fofo. Notaba que tras cuarto de hora de llanto continuo, persistente y en aumento, se ahogaba y deshidrataba a la par. Gateando se dirigió hacia su mesa de centro, topándose en el camino con su gran alfombra turca de lana. Una vez llegada a su destino, extendió la mano y cogió de la mesa una caja de cartón llena de pañuelos de papel de los baratos, típicos de los sufridores de alergia post-otoñal y de los que no tienen ni para papel de culo. Se sonó la nariz ruidosamente y sintió un enorme alivio que duró tan solo unos efímeros segundos, hecho al que nunca era capaz de encontrarle explicación. Su mente y su piso estaban llenos de ideas que iban de un lado a otro.



No sabía que hacer, imaginó que no podría parar de llorar y acabaría muriendo deshidratada, muriendo de pena. Se levantó alarmada y se dirigió al frigorífico, agarró con una de sus manos una botella de cristal y comenzó a beber con ansiedad. Tras un rato de paseo agobiante por el salón, se tumbó en el sofá y tras 15 minutos visualizando la nada, se quedó dormida de puro agotamiento.


Cuatro horas después se despertó. Estaba viva, tranquila, emocionalmente bloqueada y, de nuevo, seca como una esponja.

lunes, 22 de marzo de 2010

VI Desfase temporal

Una vez cada siete días no era lo más recomendado, pero, sin duda, el bolsillo de la mujer pseudo-gnomo no podía permitirse más de una terapia semanal. La luz, el gas y el teléfono no se pagaban solos, por no hablar de la nevera, que debía estar siempre a rebosar.

Salió de casa, cerró con llave, no tenía ganas de bajar escaleras así que se quedó esperando a que el bicentenario ascensor llegara a su piso. Craso error. Ya se le estaba acabando la paciencia cuando por fin observó un haz de luz en la ventana rectangular y abrió la puerta para entrar. Comprobó al instante, muy sorprendida y muy poco contenta, que su vecina, también llamada la sra. de los mil males se encontraba dentro del ascensor. Nada más producirse el primer contacto visual, la boca de la sra. de los mil males se abrió, comenzando así una de las peores pesadillas de la mujer pseudo-gnomo: escuchar las batallitas de una vieja aburrida sin poder hacer nada para frenar la sobredosis de palabras que, en una bajada de tres pisos, la maléfica mujer podía llegar a pronunciar.

Era increíble la potencialidad parlante de la señora. La mujer pseudo-gnomo deseó pesar 200 kilos para saltar y poder romper las poleas del ascensor. Si no conseguía llegar hasta abajo y escapar, al menos aplastaría a la vieja, que por cojones tenía que morir y dejar de hablar para siempre. Entonces se imaginó que el ascensor se atascaba y que tenía que estar allí dentro con ella dos horas. Enfermaba sólo de pensarlo. También se imaginó a sí misma empujándola por el hueco del ascensor y acabando de una vez por todas con su vida. Pese a lo absorta que iba, le era imposible no escuchar y prestar atención a aquella mujer que gritaba con un tono de voz insoportable y lamentaba lo caro que estaba el pan, y la horrible atención que recibía en la seguridad social.

48 segundos después, la mujer pseudo-gnomo salía de su portal con su cupo de sociabilidad diaria casi saturado.

Pasó por el bar donde solía tomar cafés como la gente normal y saludó desde fuera al camarero. Su destino, el metro, estaba cada vez más cerca. Entró por la boca y bajó las escaleras, erguida y mirando al frente, con paso firme y constante. Era hora punta, odiaba la hora punta. Metió por el torniquete su billete de 10 viajes, que cada año subía uno o dos euros su precio, y se quedó quieta a la derecha en las escaleras mecánicas, ya que la gente insufrible, egoísta, odiosa, molesta, egocéntrica, irrespetuosa, imbecil, y sin concepto de otras realidades externas a las suyas propias, que estaba quieta en el lado izquierdo de las escaleras, no la dejaban avanzar por ese lado. El sentimiento homicida del ascensor regresó a modo de déjà vu, y esta vez tomó forma de pánico y caos. Una masa humana tropezando entre ella, los unos sobre los otros cayendo por las escaleras y aplastándose entre sí, y al fin, la mujer pseudo-gnomo, con ese paso seguro, sincero y triunfante, pasando por encima, aplastando cabezas y manos, hasta llegar a su destino subterráneo.

Como era de esperar, con un poco de prisa, y una vez liberada de la esclavitud de las escaleras, llegó justo a tiempo de que las puertas del metro se le cerraran justo delante de su curioso rostro, como dándole los buenos días a un buen día de mierda.

Buscó rápidamente un sitio donde sentarse y se lanzó a por él. Una vez sentada y pasados los tres minutos que indicaba la pantalla digital oyó el ruido del tren encaminándose al andén y se levantó.

Esta vez las puerta no se le cerraron en la cara, pero, pese a que se había colocado a uno de los lados para dejar salir antes de entrar, tal y como decía con supuesta cordialidad una pegatina plástico, una masa de gente la arrolló hasta tal punto que se sintió como cuando se metía en verano en la playa y la resaca no le dejaba salir del mar, engulléndola hacia dentro, salvo que esta vez la corriente iba en la dirección contraria. Se aplastó como pudo a las paredes externas del tren y cuando hubo salido toda la gente se preparó para ser aplastada por la nueva masa que quería entrar, y por la masa que ya estaba dentro. Se sentía atentada físicamente, y privada de necesidades básicas como oler y respirar.

¿Qué pensaría su padre?, ¡una Gómez de Miranda montada en el transporte de los pobres! Todavía le quedaba mucho por andar en el camino de la decepción paterna, una tarea que llevaba su tiempo y su planificación. Pese a esta odiosa situación, la mujer pseudo-gnomo era feliz siendo anónima, y no es que en otro lugar fuera conocida o famosa, ni mucho menos, pero llegar a ser inexistente era lo que más le apetecía en ese momento y era lo que era, una inexistencia más a bordo de un tren ya en marcha, lleno de vidas anónimas y personales, sin relación aparente y con una rutina muy similar.

Enseguida llegó a su parada y se bajó. Cuando pudo ver de nuevo la luz del sol se sintió muy afortunada de haber salido viva de la hora punta y dio gracias al viento por existir.

Recorrió un par de manzanas y terminó girando a la derecha para girar después de nuevo a la izquierda. Cuando llegó al portal número 31 llamó al 2ºB y esperó a ser abierta.

45 minutos después salía del portal con un aire mental totalmente nuevo. Se encaminó a la plaza que había a escasos metros, se sentó en un banco y sacó una bolsa de pipas de su bolso. De pronto pensó que se pasaba el día sentándose en sitios, pero entendió que su vida era muy dura y agotadora.

- Mi vida es muy dura y agotadora, repitió en voz alta para darse más credibilidad.

Siguió comiendo pipas y engordando sus labios, gracias a la sal, hasta que el reloj de la plaza marcó las 12.

viernes, 12 de marzo de 2010

V Se abre el telón

La mujer pseudo-gnomo no sabía a qué encontrarle menos sentido, si a engullir una bolsa de patatas fritas en su sofá de 7500 euros tapada con su edredón del Ikea a las 3 de la mañana y mientras veía un programa de brico-jardinería, o al hecho de que pusieran un programa de brico-jardinería a las tres de la mañana. ¡Nadie lo vería! Pero en seguida entendió que esta conclusión era incorrecta porque ella lo estaba viendo y no tenía ninguna intención de cambiar el canal, ya que el mando a distancia se encontraba justo a los centímetros exactos para que la tarea de agarrarlo estuviera absolutamente ligada a realizar un esfuerzo, que la mujer pseudo-gnomo no estaba, en absoluto, dispuesta a llevar a cabo.

Era tal el ritmo e intensidad de su atiborramiento que no oía la tele debido a los mordiscos que pegaba a las patatas, siempre con la boca cerrada, ya que la mujer que se cebaba a base de helado de gofio, ante todo, era una señorita bien educada en valores y principios por sus ricos y ostentosos padres, que se preocupaban más de la apariencia que daba la familia al exterior que de la desastrosa realidad en la que la adolescente pseudo-gnomo se había criado. Se tiró un importante y ostentoso pedo, tal y como sería de esperar de una Gómez de Miranda, y se incorporó para subir el volumen y sentirse, justamente después, sumamente estúpida de haberse incorporado, rompiendo toda su teoría de los esfuerzos innecesarios que había estado desarrollado hasta cinco segundos antes. Dejó instantáneamente de sentirse orgullosa de ser la creadora de tal teoría, que nunca vería la luz, y fue incapaz de seguir esforzándose en no realizar esfuerzos ya que en el fondo era sumamente agotador. Se levantó, apartando el pesado edredón, que hasta hace bien poco la tenía aprisionada, y fue directa al excusado, como le gustaba denominarlo a su amiga de ultramar.

Tras dos minutos y medio, y tres cuartos de litro menos de líquido en la vejiga, la mujer pseudo-gnomo se dirigió al frigorífico a rellenar, a base de cogollos de tudela, el inmenso vacío que se acababa de formar en su interior. Volvió a su sofá, pero esta vez tardó en sentarse, como el preso que vuelve a su celda a descansar tras una jornada de trabajos forzados aún a sabiendas que el que parece un leve consuelo a su día de sumos esfuerzos sólo es su castigo diario. Una vez engullida por el sofá, y bien agarrada de su bol de metal, siguió comiendo cogollos hasta que no quedó ni uno, después se bebió medio litro de la botella de agua que se encontraba encima de su mesa de centro elevable de madera de caoba europea, que hacía las veces de bandeja, donde depositó su bol ahora vacío.

De pronto se cansó de estar sentada y se incorporó suavemente. Observó el piso en su totalidad, o al menos en la totalidad que su perspectiva le permitía. Había estado ordenando la casa, por lo que cada libro, periódico o cosa inútil e inservible, pero constituida del valor suficiente como para no ser susceptible de ser eliminada del mobiliario, estaba en su lugar correspondiente. La única zona de la casa desordenada era la mesa, que estaba siendo usada por ella en estos momentos y que, sin duda, quedaría impoluta y limpia en el momento en el que la mujer pseudo-gnomo decidiera que había llegado la hora de irse a dormir.

Volvió al frigorífico y con una cuchara extrajo dos piezas de melocotón en almíbar de una lata de tamaño familiar, y las depositó en un cuenco. Se quedó de pie apoyada de espaldas a la encimera, comiendo lentamente la fruta y mirando fijamente al gato que no tenía, intentando explicarse por qué esto era así.

Una vez convencida a si misma de que al día siguiente se agenciaría una mascota, depositó el bol, ya vacío, en la pila y se dispuso a lavarlo cuando, de pronto, oyó un ruido que la desconcertó. Se dirigió a tientas al salón, debido a la oscuridad que reinaba en su piso, que sólo se salvaba por la débil luz que irradiaba el televisor, en el que ahora, se estaba retransmitiendo una película de misterio, que la señorita Gómez de Miranda había visto ya un par de veces. En este pensamiento iba absorta la mujer pseudo-gnomo, cuando uno de sus pies descalzos, más concretamente el dedo corazón se comió, literalmente, la pata de uno de sus sofás, provocando un intenso e incómodo dolor que, inexplicablemente, parecía apaciguarse a base de apretar el pie con las dos manos con la mayor fuerza posible y acercarlo al resto del cuerpo, y que estaba catalogado como la postura de la albóndiga herida. Cuando dejó de gemir y se levantó del suelo, comprobó asqueada que el ruido provenía de una de las ya comunes peleas de los vecinos de arriba.

- 40 años de matrimonio y se odian cada día más.

- El amor debe ser poder ver la botella medio vacía. No por que se esté deprimida, sino porque una ya se la ha bebido casi entera.

Terminó de reflexionar y recogió los restos de la mesa del salón, mientras su dedo, ahora algo despellejado, temblaba y provocaba un pequeño latido continuo y perceptible para su dueña. La sangre seca sería limpiada al día siguiente, ya que no merecía la pena desinfectar algo que todavía no estaba infectado, sobre todo tratándose de una parte tan insignificante como un simple y desagradecido dedo.

sábado, 6 de marzo de 2010

IV No por mucho madrugar amanece más temprano

El odio y la angustia son dos cosas que a veces van de la mano pero la mujer pseudo-gnomo estaba dotada de la capacidad de dividirlas a la perfección. A su lado, los tristes eran fracasados y los optimistas habían muerto de depresión llevable.

Cuando la mujer que se cebaba a base de helado de gofio, más conocida como “la mujer pseudo-gnomo” despertó, la polilla estaba en el suelo, el trapo en la silla, el ventilador seguía girando y el teléfono se había cansado de sonar. Tras media hora insistiendo, y 4 mensajes en el contestador, la absoluta pasividad de esta señora, que de vieja tenía sólo el piso donde vivía, el timbre había terminado por quemarse, y junto a él, la paciencia de la llamante.

- Eres una persona patética que no se supera ni intentándolo, se dijo a sí misma y, por si no le había quedado claro lo repitió, esta vez en forma de susurro.

Cuando se cansó de susurrar se acercó a la nevera, que últimamente estaba siendo más transitada de lo normal. Era evidente que la gula era uno de sus mayores placeres, pero ¿qué mayor gula que la de la propia lujuria? En efecto, la mujer pseudo-gnomo tenía que controlarse a sí misma en muchas ocasiones para no ser la protagonista de una humillación patética, en la que el deseo sexual se anteponía a cualquier otro mandato que su razonamiento, como mujer civilizada, le intentaba prohibir.

Ante esta carencia de sexo, de la que estaba siendo víctima durante ese periodo de tiempo, su único consuelo, su única “lujuria”, era comer, acto natural que se reflejaba cada vez más en la totalidad de su cuerpo.

- Nada que el sexo no pudiera arreglar con un poco de organización, asiduidad y entrega, se consolaba falsamente la pseudo-gnomo, que, en contraposición, se obligaba a pensar que si seguía engordando nadie la querría ni para un triste polvo.

La mujer que se cebaba a base de helado de gofio re-escuchó los mensajes de su amiga de ultramar, a la que realmente quería y echaba de menos.

Los súbditos de una reina, que por consiguiente acatan y cumplen las órdenes que esta impone, pueden acabar por rebelarse un día contra la opresión del poder concentrado en su ser, contra la injusticia del que quiere ser igual de digno que ella y contra el miedo de enfrentarse a sus temores innatos durante el resto de sus vidas sin objetivo más allá que el de malvivir y ofrecer su total entrega a cambio de falsas protecciones, que de protección solo tienen el nombre. La mujer pseudo-gnomo que sólo querría ser reina absoluta en un reino imaginario, y que carecía totalmente de ansias de poder en la vida real, también había desarrollado una técnica de falsa protección.

Sabía que jamás llegaría al calibre de una reina, y mucho menos al de una diosa. Sabía que debía tomar una decisión en su vida. Era consciente de que había llegado a cierto punto en el que una mujer debía hacer lo que era propio de ella, como humana dotada de extremidades y capaz de llegar a conclusiones razonables, y no del todo exactas, podía permitirse el lujo de discurrir sobre la posibilidad de errar en alguna ocasión, dejando siempre, por supuesto, la puerta abierta a no equivocarse.

Había adquirido recientemente el gusto de tumbarse en su perfecto sofá de 7500 euros, y taparse con el edredón de su cama, que era lo que estaba haciendo en ese momento. La televisión prácticamente se había conectado sola y le había obligado a verla. Cuando empezaron los anuncios, la mujer que se cebaba a base de helado de gofio, se dio cuenta de que llevaba 45 minutos perdiendo su vida viendo un programa que en realidad no estaba viendo porque no fue capaz de recordar cual era hasta que regresó de la publicidad. Qué cantidad de basura se metía al cuerpo, pensó, pero estaba tan a gusto dentro de una sudadera verde de dos veces su tamaño, uno de los pocos recuerdos felices de su no tan feliz pasada, y última, relación sentimental, que no podía dejar de morir lentamente, tan a gusto y bajo todas esas capas de ropa que constituían esa falsa protección, que los súbditos de los reinos imaginarios usan para creer que luchan contra su injusticia, cuando no son más que prisioneros de sus propias vidas. Eso es lo que era ella, presa de su propia vida, de su falsa protección.

Quería volver a ser lo que había sido, quería volver a considerar que estar sola no era lo mismo que sentirse sola, tal y como lo hacía ahora.

Sabía que no era humano estar contento tras 12 horas de trabajo, sin embargo escuchaba los mensajes que su amiga de ultramar le había dejado en el contestador y no podía negarlo.

- Gente loca, volvió a susurrar.

Tal y como le dijo su amiga, se fue al baño, remojó su masa corporal en la ducha y la desinfectó de cualquier bacteria insignificante que pudiera tener, se secó con una toalla y se vistió con lo primero que encontró en su armario de madera de castaño de 2,5 metros de alto por otros tantos de ancho. Después agarró la llave de la casa, que estaba imantada en la nevera, y salió de su piso por primera vez en dos días. Los puentes se le hacían excesivamente largos. Salió a la calle y respiró un poco de aire nuevo, recordó entonces que las casas debían ventilarse y se prometió hacerlo nada más volver a su querida jaula. Emprendió camino hacía la cafetería acordada por su amiga.

De pronto oyó un pitido de coche y alguien la abrazó por la espalda.

- Me anticipé al coche, que pudo haberme atropellado, para correr hacia ti y darte una sorpresa.

Era ella. La mujer pseudo-gnomo sonrió, se dio la vuelta y le devolvió el abrazo.

- ¿Qué tal estás?, le preguntó su amiga.
- Ya lo sabes, así que mejor no preguntes, contestó ella con una sonrisa en la boca.
- ¿Te apetece un café, entonces?, volvió a preguntar la chica de ultramar.
- Claro, tengo que contarte muchas cosas, respondió de nuevo, y por última vez en este párrafo, la mujer pseudo-gnomo.

¡Sube!
Todos los derechos reservados a la autoridad creadora de este blog

Todos quieren ser el gato Jack